30 de enero de 2020

LOS DIAMANTES DEL EKEKO


Esta historia ocurrió en el seno de una familia muy conocida  y acomodada de nuestra ciudad y fue el Ekeko de nuestra Alasita el principal protagonista.

Don Leonardo Sánchez un caballero distinguido tenía una hija bella llamada Rosalía, a quien cuidaba con mucho esmero tratando para ella un matrimonio conveniente entre sus amistades.

Ella vivía en medio de un círculo social distinguido y asistía a las fiestas y saraos de la aristocracia paceña a fin de encontrar en ellas un esposo afortunado de buena familia. Allí en un convite muy elegante conoció a José Espinosa un apuesto “dandy” de muchas campanillas y amigo de “cuerdas de bohemios, trasnochadores con fama de pícaro y derrochador. Ella quedo prendada de él y este enamorado de ella.

D. Leonardo presintió desde el primer momento que el tal José Espinosa era un solemne bribón prohibiendo terminantemente toda relación con el tunante. Vanos sus esfuerzos, los encuentros de los enamorados eran continuos y a escondidas y estos culminaron un la huida de la pareja que había decidido casarse en un pueblo cercano.
Rosalía jamás pensó en que manos estaba para pasar a vivir  un calvario al lado de este pícaro que la llevo a deambular gastando el poco dinero que le había sonsacado más las joyas que llevaba puestas.

La huida de Rosalía había dejado a su padre con el corazón deshecho y murió de pena y consunción. Al anoticiarse ella de este desenlace decidió volver a La Paz y Espinoza comenzó a dilapidar la fortuna que le llovió del cielo en francachelas, borracheras y mujerzuelas.
De esta unión matrimonial nació un niño llamado Luchito a quien Rosalía se dedicó por completo. Cierto día el pequeño salió con su madre a pasear a la feria de Alasitas en la Plaza Murillo. Allí disfrutando de la feria compraron muchas miniaturas entre ellos el Ekeko de la suerte con todas sus cargas maravillosas.

En medio del tumulto alasitero, Luchito se alejó de su mama extraviándose en medio de la gente. Qué decir de la desesperación de Rosalía pidiendo ayuda a todos, lloro grito y nadie lo pudo encontrar, el niño se hizo humo.


El padre se entregó por completo a los goces del Dios Baco gastando todo el dinero. Rosalía cayó en terrible depresión y presintiendo que no le quedaba mucho embutió en la panza del Ekeko un collar  de diamantes que valía una fortuna, el cual ella logro ocultar de la codicia de su esposo, única joya que le quedaba de la herencia de su padre.


A poco Rosalía dejo este mundo, su marido arrepentido y presa del remordimiento le prometió cuidar al Ekeko para entregárselo a su hijo si es que algún día apareciera.


Cierto día se presentó en el Hospital de Miraflores un hombre joven con el rostro impresionantemente demacrado,  fue conducido a una sala y postrado en una cama junto a la de un anciano sufrido por una enfermedad, se hicieron amigos y supo el forastero que se trataba de un pobre viejo quien contaba haber  perdido un día de Alasitas a su hijo.


Restablecido el forastero abandono el hospital sin poder despedirse del señor que dormía en esos instantes. Al despertar el anciano y ver que su amigo se había marchado no pudo reprimir las lágrimas.  Mientras la enfermera recogía la cama del ausente vio como de una de las sabanas caía un pequeño relicario de oro que el anciano levanto y al ver el nombre grabado y la fotografía  de Rosalía lanzo un grito de dolor comprobando que el forastero era su propio hijo.


Pasaron muchos días y el anciano se consumía en el lecho, sin embargo luchaba por aferrarse a la vida.  Cierta mañana de enero una de las enfermeras pasaba por la Plaza Murillo vio al joven sentado en una de las bancas se acercó a él y le puso al tanto de lo acontecido con el anciano en el hospital. Muy pronto se encontraron abrazándose los dos, el viejito agónico con frases entrecortadas y lágrimas en los ojos le transmitió la última voluntad de su madre y murió en paz.


Luis lloro un buen rato abrazado de su padre y luego se dirigió a un desmantelado cuartucho con muebles viejos, en un rincón encima de una repisa había un Ekeko que lo miraba sonriente con los brazos abiertos. Luis lo tomo en sus manos pensando en su madre y al contemplarlo recordó muchas cosas de su niñez, viendo que el solo era un recuerdo y que nada le servía lo puso sobre la mesa distraídamente haciéndolo caer.  Al ver romperse el ídolo de yeso se inclinó para recogerlo y que sorpresa tocaron sus manos un paquete y una carta encontrando el collar de diamantes engarzados en cadena de oro. Estrujo la joya entre sus manos para después ver, en la pared del fondo del cuarto el retrato de su madre que le sonreía con ternura. La cabeza del Ekeko yacía en el suelo había cumplido su misión.


Isabel Velasco


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23 de enero de 2020

ALASITAS NUESTRA GRAN FIESTA


La “Alasita” que celebramos cada 24 de enero es una festividad tradicional del folklore paceño, la cual se conserva al correr de los años como una diversión de bullicio y alegría, por supuesto con el entusiasmo que no dejara de recordarse.

Su origen se remonta a la civilización aymara, pero la historia de esta fiesta típicamente paceña tiene su causa en el célebre alzamiento indígena encabezado por Tupac Katari, quien con miles de los suyos puso cerco a la ciudad en 1781.

Pacificada fue la rebelión por el “chapetón” Brigadier español Sebastián Segurola, Gobernador político militar de La Paz, quien salvó a la ciudad del terrible asedio.

Develada la sublevación en acción de gracias a Nuestra Señora de La Paz, a cuya intercesión divina se atribuyó la victoria, se programó para el mes de enero de 1782 una serie de actos conmemorativos para festejar el triunfo y como fecha principal se señaló el 24 de enero, día consagrado a la Virgen de la Paz.

Los mestizos no habían quedado tranquilos con el triunfo de Segurola y su ojeriza por los españoles estaba candente, a tal punto que la fiesta de Alasita se convirtió en una manifestación burlona y caricaturesca para ridiculizar a los chapetones, en la que todo, absolutamente todo lo que se presentó para la venta en la fiesta resultaba ser una convencional ridiculización a las huestes de Segurola: animales, casas, gentes, muebles, enseres, vestidos, utilería, abarrotes, vivieres y mercancías, todo era en miniatura.

La figura central de esta feria es la figura del “Ekeko” llamado también el Dios de la Abundancia. El Ekeko es la presentación de un hombrecito pequeño, de gran cabeza, regordete, piernas cortas y brazos largos. Tiene rostro sonrosado y rubicundo, alegre con aires de viajero, de una sonrisa sugestiva y maliciosa, más propiamente es un remedo de la cara de Sebastián Segurola. Es necesario vestirlo y equiparlo con toda la indumentaria posible, sombrero de lana de oveja, gorra “lluchu” multicolor, la bufanda y el poncho de lana, chaleco de fantasía y manguitas de lana a todo color. Luego se lo carga con escarcelas llenas de cigarrillos, la chuspa con billetes de todo corte y color un cesto de coca, una lata de alcohol, un mazo de chancaca, una talega de harina y otras de azúcar, cocinas, sartenes, ollas, herramientas y todo lo que pueda aguantar encima.

La fiesta del personaje que nos ocupa, en tiempos del Collao se celebraba durante tres días en el solsticio de verano el 21 de septiembre. Durante el periodo colonial, don Sebastián Segurola y Machani, Gobernador Intendente de La Paz, después de haber salvado a la ciudad del terrible asedio por Real Ordenanza trasladó la fecha y la primera Alasitas tuvo lugar con la mayor solemnidad y más alegría que antes, oportunidad en que disimuladamente se introdujo el culto al legendario “Ekeko” debido a los hechos que ocurrieron durante esa celebración.

La Plaza principal de ese entonces tenía cuatro ángulos llamados: Chaulla Khatu, el Colegio, el Cabildo y la Casa del Judío, fue por allí que entro en comparsa una multitud de jóvenes disfrazados, bailando al son de cajas, piedras e instrumentos musicales, llevando chucherías y objetos pequeños con la palabra “Alasita...alasita..” la misma que significa “Cómprame”. Hubo también corridas de toros y por la noche los españoles continuaban la fiesta disfrazándose también con sombreros de cartón, caretas y barbas semejantes a las de un chivo.

Desde los primeros tiempos y durante el coloniaje, la Feria de Alasita se efectuaba en la Plaza de San Francisco, los gobiernos republicanos le dieron realce en la Plaza Mayor, llamada también Plaza de Armas, Plaza 16 de Julio y ahora Plaza Murillo.

El 24 de enero la población se reunía en la Iglesia Catedral para rezar la Misa de fiesta dedicada a Nuestra Señora de La Paz, patrona de la ciudad y luego correspondía el paseo por las ocho veredas y calles, adyacentes de la Plaza, para la venta y compra de los objetos expuestos en miniatura en medio del bullicio y la gritería de la oferta y la demanda.

La Alasita de antaño era la manifestación del progreso artesanal que año por año se superaba en competencia abierta, exhibiendo el adelanto artístico y la mano de obra de los artesanos en todo aspecto. En ella destacaban las “cholitas” con sus sombreros de paja blancos como la nieve, importados de Panamá, coloridas mantas de seda de la China, polleras de gros y terciopelo diseñadas al nivel de la rodilla, enaguas y centros almidonados que rechinaban al paso de las botitas de taco alto y media caña.

Por el año 1917, las cuatro aceras de la Plaza Murillo se repartían de la siguiente manera: la acera del Loreto, específicamente para la venta de objetos artísticamente tallados en plata y madera. La acera del Palacio de Gobierno, únicamente para ebanistería, la acera del Lucero solamente para talabartería, objetos de cobre y cerrajería. La acera de “Doña Cualidad” sección esculturas, casitas, ekekos, Queveditos”, “kusillos” y demás objetos de estuco moldeado. Alrededor de la Plaza, los puestos de confituras, cigarrillos, harina, azúcar y todos los productos de abarrotes en general.

Otra de las variedades de las “Alasitas” de antaño, la cual persiste, eran las ediciones de periodiquitos bien escritos, con fondo literario jocoso de mucho ingenio y categoría.

Entre las costumbres que no se han perdido y son muy tradicionales, están las compras en Alasitas de una casita, un autito, una chacarilla, etc. Con la esperanza de que esa compra se convierta en realidad en el curso de ese año.

Algo muy típico en Alasitas es la emisión de billetes pequeños de varios valores y corte de la moneda nacional, es divertido pensar que, en estos días, ya la plata boliviana no es atractiva, más bien se venden dólares y “euros”.

Por su parte las madres de familia de esas épocas, las cuales durante todo el paseo se habían visto acosadas por sus hijos, tratando de evitar sus pedidos para comprar todo lo que ellos veían, terminaban adquiriendo los famosos “quimsacharanis” esos se vendían en la cuadra que queda detrás del Panóptico. Eran muy apreciados los trabajos que realizaban los presos de San Pedro especialmente los camiones, colectivos y caballos tejetas que ofrecían a la clientela de la feria.

Allí también se compraban enseres para el hogar, como ollas de barro cocido, chuas, wisllas y hermosas jarras bellamente decoradas, cubiertas de brillante barniz, traídas por las “cochabambinas.

Todos los que asistían a las “Alasitas” sabían lo que debían comprar, grandes y chicos. Las amas de casa adquirían toda una recova, enseres para el hogar, conservas, artículos de limpieza y un lindo par de macetas con geranios para reemplazar a la vieja pelargonia media seca del zaguán, o una enredadera de madreselvas.

Muchas añoranzas guardamos de la “Alasita” en San Pedro, los famosos pasteles, pancitos y kaukas de la “Llanta Baja” quien cada año vendía en la esquina de la plaza, todos se acercaban a ella a fin de admirar las fabulosas joyas que lucía en todos los dedos de sus manos, había que ver con que finura manejaba las pinzas para vender sus pasteles ya que los anillos le impedían mover los dedos con facilidad. Ella fue el símbolo de la “Alasita” y su recuerdo perdura, los paceños de corazón no olvidaran los dulces de la Florentina, los ekekos de Doña Flora y los exquisitos dulces y masitas de todas aquellas mujeres que, con cariño y dedicación, hicieron de la alasita de antaño una fiesta de elegancia arte y amor.

FELIZ DÍA DE ALASITAS

Isabel Velasco

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