9 de julio de 2018

EL PORTENTOSO MILAGRO DEL SEÑOR DE LA COLUMNA


Como preámbulo al milagro del Señor de la Columna, ocurrido en la ciudad de La Paz en la cuaresma del año 1802, primeramente voy a referir lo que era entonces el templo de Santo Domingo, llamado también de “San Jacinto”, para luego después narrar en detalle ese hecho milagroso y divino del Señor de la Columna, algo que conmovió tanto y arrobo piadosamente al vecindario paceño de la época colonial.

Santo Domingo o San Jacinto, que así se llamaba la hermosa iglesia que se halla en la esquina de la calle Ingavi y Yanacocha, fue construida por los españoles el añ 1590 al fundarse también el convento cuyos claustros comprendían toda la manzana dentro de la cual se halla el Colegio Nacional Ayacucho.

Contaba en sus primeros años con 15 sacerdotes, frailes dominicos de hábito negro y capuchas blancas.

Cuenta el tradicionalista español Meléndez en su libro “Los Tesoros Verdaderos de las Indias” que, cuando construían el templo y habiendo cavado la tierra para los cimientos, el Prior Fray Miguel Antezana hallo, debajo de la tierra virgen, tres crucecitas de madera, las que fueron enviadas al Santo Padre de Roma. Este es uno de los episodios más curiosos del convento de Santo Domingo.

Al albor de la independencia, el Libertador Simón Bolívar, dispuso el alejamiento de los frailes españoles expulsándolos del país, convirtiéndose el convento en iglesia parroquial a cargo de la Curia Eclesiástica como Catedral en reemplazo de la antigua que había sido demolida, para dar paso a la nueva construcción que es hoy la Basílica y la misma que se estreno en la fecha del Centenario de la Republica en 1925, durante el gobierno de don Bautista Saavedra. Así Santo Domingo volvió a ser parroquia.

En este templo se hallaban las imágenes del Señor del Habla, de la Virgen de La Paz y del Señor de la Columna, que hoy se encuentran en la catedral de la Plaza Murillo.
En el templo de Santo Domingo se guardan y se conservan con celo religioso, la mano derecha del Obispo Ochoa, quien jamás en su gobierno episcopal había tocado plata o dinero con sus manos, ya que consideraba este una vil mercancía y cuando tenía que contarlo lo hacía con su bastón.

También está en ese antiguo templo la Mitra del Obispo Indaburo, Allí reposan también los restos del Brigadier Sebastián de Segurola y de otros tantos personajes del movimiento libertario del 16 de Julio de 1809.

En la cuadra de Santo Domingo, hacia arriba, donde vivían los nobles españoles en tiempos de la colonia, se encontraba la mansión de la encumbrada y filantrópica familia Landavere Villaverde, cuya cabeza era el paceño Don José María Landavere.
Era un lunes santo de 1802 a la hora del almuerzo que Don José María recibió el anuncio de su sirvienta Benita, de que un pobre caballero de aspecto muy señorial, toda bondad y dulzura pedía por caridad algo de comer.

Don José María inmediatamente lo invito a su mesa, pues era fama de los Landavere Villaverde, compartir el pan de cada día con pobres y ricos. El noble caballero, después de saludar a los circunstantes de la familia muy reverentemente tomo el asiento que le indicaron, sorprendiendo a todos por sus finos modales y su buena educación, su sola presencia causaba respeto y admiración. Era alto, de facciones finas, medio rubio.

Todas las puertas de las casas de familia de esa época permanecían cerradas y atrancadas con gruesos aldabones y cuñas de madera. El señor de la visita a pesar de tanta precaución de seguridad, había logrado ingresar a dicha casa a compartir la mesa del Lunes Santo con esa cristiana familia.

Mientras tanto y a la misma hora en que los Landavere Villaverde almorzaban, acompañados del respetable como pobre invitado. Uno de los sacristanes del templo enajenado de sorpresa y espanto, prorrumpía en gritos desaforados llamando la atención de todo el mundo, al comprobar que la imagen del Señor de la Columna había desaparecido de su altar.

El pobre sacristán enloquecido en tan semejante trance no tuvo más remedio que avisar la pérdida o secuestro del Cristo, pues era imp0sible que robaran al “Señor”.
Es de notar que la imagen del Señor de la Columna es del tamaño natural de un hombre.
El sacristán saliendo a la puerta de la iglesia a todo clamor y chillando pedía auxilio.



La excitación de la gente que se arremolinaba en su entorno comentaba desesperadamente la desaparición misteriosa del Señor de la Columna,
Ante tan fenomenal laberinto, fueron mandados emisarios por todas partes en busca de la imagen. El Señor de la Columna no parecía, el pueblo seguía arremolinado en las puertas del templo en corrillos de asonada. Más en medio del tumulto y sin que nadie lo advirtiera entre la confusión y chillerío que imperaba y aprovechando el desorden, entro a la iglesia un señor de aspecto humilde a quien nadie le dio atención.

En la casa de los Landavere nadie sabía de lo que ocurría en Santo Domingo y el huésped después de haberse servido parcamente el almuerzo, se levanto de la mesa y dando las gracias a sus benefactores, bendijo la casa y a toda la familia.
Dicen que al salir la esposa del dueño de casa conmovida en caridad, lo miro fijamente a los ojos y vio en ellos el esplendor del cielo, no pudo con su corazón bondadoso y corrió a la cocina y cogió un pan. Se acerco al mendigo y con todo cariño le dijo:

“Que tengo usted buen viaje forastero, que sus pasos siempre lleguen a su destino y tome para el camino este humilde pan”.

Don José María lo acompaño hasta la puerta de calle con las debidas atenciones a tan dulce, suave, apacible y paradigmático señor.

El visitante bajo la cuadra que mediaba entre su casa y la iglesia, en momentos en que el barullo iba creciendo. Esto llamo la atención del filántropo José María, obligándolo a bajar desde su residencia para percatarse de lo que sucedía. Puesto al corriente, se dio cuenta que el Señor lo había visitado y él lo invito a almorzar.
Mas no dijo nada, era imposible dar esa noticia, nadie le iba a creer.

El asunto se complicaba y la tensión de sobresalto y turbación iba creciendo.

Alguien dijo que acababa de entrar al templo una persona que coincidía exactamente con los detalles expuestos por el señor Landavere.

Todos entraron al templo, con dirección al altar del Señor de la Columna, encabezados por el infeliz sacristán, quien no sabía cómo responder de la desaparición de la imagen.
Pero….Oh Milagro!!! La efigie estaba en su respectivo sitio, mostrando sobre su columna de plata el pan que le fuera obsequiado por la Señora Villaverde después del almuerzo.
Acababa de efectuarse un portentoso milagro en los anales piadosos de nuestra ciudad, tan cristiana y tan religiosa y en un hogar de abolengo tradicional.

Desde entonces, en tantos años que han pasado, los familiares descendientes de los Landavere Villaverde cumplen con la santa devoción de hacer rezar la Novena y la Misa del Lunes Santo al pie del Señor de la Columna en la Catedral de Nuestra Señora de La Paz, en la Plaza Murillo.

Esta es una tradición paceña que pasa de generación en generación. Ayer eran los Méndez Ibarguen y luego los Méndez Aguirre. Ahora seguramente son sus hijos.
Bendígalos el Señor y agradezca el pueblo paceño a esta familia de grandes virtudes ciudadanas y de piedad cristiana.



Isabel Velasco.

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26 de marzo de 2018

BELLAS COSTUMBRES DE SEMANA SANTA


Bolivia siempre ha sido un país muy conservador en sus tradiciones y costumbres, estas se han mantenido por los siglos con mucho amor y constancia.

La Semana Santa y como la celebramos en la patria o lejos de ella es una muestra clara del respeto y el eslabón que tenemos con el pago que nos vio nacer.

Si bien esta comienza el Domingo de Ramos, el Jueves Santo se inicia la liturgia, la misma que en tiempos de antaño se celebraba en horas de la mañana. Para esto tanto las autoridades de la Iglesia y los feligreses se ponían de acuerdo para la organización y conmemoración de esta con todo fervor y solemnidad posible.

El esplendor y pompa tanto en la vestimenta de los sacerdotes como en el arreglo de los altares era el llamado hacia los ritos, canticos y rezos. Callaban todas las campanas, siendo ellas sustituidas por matracas, los fieles vestían de luto estricto, aun los más pobres lucían un cintillo negro en la parte superior del brazo.

El fervor, el respeto era total, las damas de esas épocas no dejaban el mantón, este exigía talle esbelto, sus pliegues delineando los contornos de la cintura con un ala del manto tirado sobre el hombro con intencional abandono y coquetería, contribuía poderosamente al realce y donaire exquisito que para el vestir tenían nuestras abuelas. Los caballeros de traje oscuro, siempre con sombrero.

La prensa en esos tiempos mediante los periódicos traducía este sentimiento en sus primeras páginas, las cuales estaban dedicadas íntegramente a los pasajes de la Biblia con recuadros y estampas de la Pasión de Nuestro Señor, el luto se demostraba en las líneas gruesas que enmarcaban las páginas y artículos.
El Jueves Santo después de la Misa, durante todo el día se realizaban las visitas a las iglesias que tenían que ser catorce, siguiendo la tradición del Nuevo Testamento. Era una devoción familiar que todos cumplían con toda formalidad.

Quienes Vivian por el “centro” comenzaban la visita en la Iglesia de San Pedro, para después dirigirse a San Juan de Dios, luego a San Agustín, San Francisco, de allí a la Iglesia del Rosario, La Recoleta, San Sebastián en Churubamba, luego emprender camino a los Jesuitas pasando por la calle Ayacucho a Santo Domingo, El Carmen, La Merced, la Catedral y la capilla de los Sagrados Corazones. Otra alternativa era la de la Capilla de las Recogidas en la Calle Recreo y la del Ingles Católico.

El “vía crucis” de las familias tradicionales de la ciudad de La Paz de “antes” culminaba con el retorno de los fieles a sus casas donde se intercambiaban impresiones, chismes y críticas sobre el arreglo de las iglesias. En esas épocas se efectuaban verdaderos monumentos de arte, obras maestras de esplendor, las cuales eran decoradas suntuosamente con infinidad de luces, flores, oropeles o tules, todo esto enmarcaba la exposición del Santísimo, los encargados del templo y fieles asignados no escatimaban esfuerzo, alguno para arreglar los altares, se esmeraban de tal forma que cada iglesia mostraba lo mejor de sí en franca competencia con las demás. Ahí se jugaba el prestigio de las congregaciones y de los propios sacerdotes, lo que se traslucía al día siguiente con el comentario de los vecinos.

En estas “visitas” la concurrencia invadía cada rincón de las iglesias en orden y recogimiento, los rezos y cantos eran silenciosos. Se hacían largas colas para no atropellar y no causar disturbios. Este ambiente lúgubre y tenso que mostraban los templos esa noche de pesar, era ocasionalmente interrumpido por una voz gangosa salida de ultratumba que decía: “Una limosna para el Santo entierro de Cristo y soledad de la Virgen María” a esto contestaba un ruido de cadenas ya preparadas por lo monaguillos. Estos detalles contribuían a dar una nota tétrica a esa noche de duelo.

Una costumbre bella de las familias paceñas de antes era la de reunir a todos sus miembros para el almuerzo de Jueves Santo. Muchas lo hacen todavía! El “menú” de abstinencia para esa fiesta familiar consiste de catorce platos. Estos son:

Caldo de Arroz Blanco.
Chupín de camarones.
Bacalao a la Vizcaína.
Ají de Cochayuyo.
Nogada de Bacalao.
Queso Humacha.
Carbonada con choclo y queso
Ají de Tauri.
Habas Pejtu con choclo y queso.
Tomatada de Trucha del lago.
Ají de “Boguitas” con Caya
Ají de Huevo con choclo y queso
Arroz con Leche
Dulce Empanadas.

Bendecía la mesa el abuelo o el padre de familia, agradeciendo a Dios por los bienes recibidos, leía un pasaje de la Biblia relacionado con la pasión de Cristo, este generalmente de la Ultima Cena de Nuestro Señor. No podía faltar en la ocasión una copa de vino y el pan dulce tradicional de Semana Santa generalmente traído de Cochabamba, el cual se partía en trozos en conmemoración a lo que Jesús hizo en esa noche en el Cenáculo.

Al día siguiente el Viernes Santo en la ciudad se sentía un ambiente de recogimiento general, las iglesias abiertas al público, pero con sus altares totalmente cubiertos de telas moradas.

El Sermón de las Tres Horas era un suplicio que todos los alumnos de los colegios católicos tenían que pasar, sin embargo para los caballeros, profesionales y políticos de ese entonces este sermón creaba expectativa, pues los sacerdotes eran famosos oradores y en competencia se preparaban para ganar los laureles y el comentario del público. Esos discursos de aquellos curas de los tiempos de oro hacían retumbar las paredes de los templos con su voz y su palabra, era la “elite” que concurría a estos sermones. Estaban el Foro Paceño, los escritores, los grandes eruditos, los periodistas quienes al día siguiente comentaban la “palabra” ensalzándola o haciéndola pedazos.

El Viernes Santo salían dos procesiones principales, la tradicional del Santo Sepulcro, de la Merced, a la cual asistía toda la sociedad paceña, los gobernantes, los magistrados, los diplomáticos, tal cual es ahora en la actualidad!
Aunque no lo creo en estos tiempos...Pero…así son las cosas en el mundo moderno.

Toda la ciudadanía asistía de luto, las señoras iban cubiertas de mantos negros, velos y mantillas, solamente mostrando la cara, los caballeros portando fanales y veladoras. Con imponente devoción los “Caballeros del Santo Sepulcro” conducían al yacente Nazareno, imagen bellísima que es adorada en la Iglesia de La Merced, más atrás en impresionante paso, cubierta de flores, tules y llena de candelabros venia la Madre Dolorosa, su paso lento y triste mas los avemarías y padrenuestros causaban una sincera tristeza en los corazones. Las mujeres lloraban al verla! Era la Madre de Dios que padecía por su hijo adorado.

La segunda procesión partía de la Iglesia de San Sebastián, esta se lucia por la presencia del artesanado, del pueblo, igualmente todos vestían de luto, las mujeres cual dolorosas portando las “ofrendas”.

Es tradición la presentación de estos corazones de terciopelo rojo en el cual se insertan las más esplendidas joyas de la “chola” paceña, la mujer autentica de La Paz, la misma que se distingue desde tiempos antiquísimos por su fabulosa posesión de faluchos, topos y caravanas impresionantemente cubiertas de oro y piedras preciosas.

Toda esta “Semana Mayor” las radioemisoras solo pasaban música sacra.

El Domingo de Resurrección, ya terminados los días de duelo y recogimiento, toda la ciudadanía vestía nuevamente con sus colores predilectos y por todos lados de la ciudad se podía escuchar los cohetillos y camaretazos que, según decían: hacían reventar a Judas.

Dentro de todas estas costumbres que vivía nuestro pueblo, esta la que ejercían los hombres más significativos de la sociedad! Durante la Cuaresma y con límite de cupos los caballeros se inscribían para encerrarse en la Casa de Ejercicios Espirituales en la Tercera Orden Franciscana, en una especie de “Retiro”.

En el recinto que ahora ocupa el Colegio del mismo nombre, existen pequeñas celdas, las cuales eran habitadas semana tras semana durante cuarenta días por hombres prominentes, políticos, escritores, empresarios. En otras palabras y como decíamos antes “lo más granado de la sociedad masculina”

Asistían a las misas, sermones, procesiones, meditaciones, al termino del día, llegada la noche, se encerraban en sus celdas y con silicios se castigaban en el cuerpo desnudo.

Estos actos de gran devoción eran respetados, no había la menor posibilidad de burla o comentario.

Así era la Semana Santa de antes, mezcla de devoción, respeto y profundo recogimiento. Estas costumbres aun constituyen una de las mayores reservas espirituales de nuestro pueblo.

Isabel Velasco.

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