23 de enero de 2020

ALASITAS NUESTRA GRAN FIESTA


La “Alasita” que celebramos cada 24 de enero es una festividad tradicional del folklore paceño, la cual se conserva al correr de los años como una diversión de bullicio y alegría, por supuesto con el entusiasmo que no dejara de recordarse.

Su origen se remonta a la civilización aymara, pero la historia de esta fiesta típicamente paceña tiene su causa en el célebre alzamiento indígena encabezado por Tupac Katari, quien con miles de los suyos puso cerco a la ciudad en 1781.

Pacificada fue la rebelión por el “chapetón” Brigadier español Sebastián Segurola, Gobernador político militar de La Paz, quien salvó a la ciudad del terrible asedio.

Develada la sublevación en acción de gracias a Nuestra Señora de La Paz, a cuya intercesión divina se atribuyó la victoria, se programó para el mes de enero de 1782 una serie de actos conmemorativos para festejar el triunfo y como fecha principal se señaló el 24 de enero, día consagrado a la Virgen de la Paz.

Los mestizos no habían quedado tranquilos con el triunfo de Segurola y su ojeriza por los españoles estaba candente, a tal punto que la fiesta de Alasita se convirtió en una manifestación burlona y caricaturesca para ridiculizar a los chapetones, en la que todo, absolutamente todo lo que se presentó para la venta en la fiesta resultaba ser una convencional ridiculización a las huestes de Segurola: animales, casas, gentes, muebles, enseres, vestidos, utilería, abarrotes, vivieres y mercancías, todo era en miniatura.

La figura central de esta feria es la figura del “Ekeko” llamado también el Dios de la Abundancia. El Ekeko es la presentación de un hombrecito pequeño, de gran cabeza, regordete, piernas cortas y brazos largos. Tiene rostro sonrosado y rubicundo, alegre con aires de viajero, de una sonrisa sugestiva y maliciosa, más propiamente es un remedo de la cara de Sebastián Segurola. Es necesario vestirlo y equiparlo con toda la indumentaria posible, sombrero de lana de oveja, gorra “lluchu” multicolor, la bufanda y el poncho de lana, chaleco de fantasía y manguitas de lana a todo color. Luego se lo carga con escarcelas llenas de cigarrillos, la chuspa con billetes de todo corte y color un cesto de coca, una lata de alcohol, un mazo de chancaca, una talega de harina y otras de azúcar, cocinas, sartenes, ollas, herramientas y todo lo que pueda aguantar encima.

La fiesta del personaje que nos ocupa, en tiempos del Collao se celebraba durante tres días en el solsticio de verano el 21 de septiembre. Durante el periodo colonial, don Sebastián Segurola y Machani, Gobernador Intendente de La Paz, después de haber salvado a la ciudad del terrible asedio por Real Ordenanza trasladó la fecha y la primera Alasitas tuvo lugar con la mayor solemnidad y más alegría que antes, oportunidad en que disimuladamente se introdujo el culto al legendario “Ekeko” debido a los hechos que ocurrieron durante esa celebración.

La Plaza principal de ese entonces tenía cuatro ángulos llamados: Chaulla Khatu, el Colegio, el Cabildo y la Casa del Judío, fue por allí que entro en comparsa una multitud de jóvenes disfrazados, bailando al son de cajas, piedras e instrumentos musicales, llevando chucherías y objetos pequeños con la palabra “Alasita...alasita..” la misma que significa “Cómprame”. Hubo también corridas de toros y por la noche los españoles continuaban la fiesta disfrazándose también con sombreros de cartón, caretas y barbas semejantes a las de un chivo.

Desde los primeros tiempos y durante el coloniaje, la Feria de Alasita se efectuaba en la Plaza de San Francisco, los gobiernos republicanos le dieron realce en la Plaza Mayor, llamada también Plaza de Armas, Plaza 16 de Julio y ahora Plaza Murillo.

El 24 de enero la población se reunía en la Iglesia Catedral para rezar la Misa de fiesta dedicada a Nuestra Señora de La Paz, patrona de la ciudad y luego correspondía el paseo por las ocho veredas y calles, adyacentes de la Plaza, para la venta y compra de los objetos expuestos en miniatura en medio del bullicio y la gritería de la oferta y la demanda.

La Alasita de antaño era la manifestación del progreso artesanal que año por año se superaba en competencia abierta, exhibiendo el adelanto artístico y la mano de obra de los artesanos en todo aspecto. En ella destacaban las “cholitas” con sus sombreros de paja blancos como la nieve, importados de Panamá, coloridas mantas de seda de la China, polleras de gros y terciopelo diseñadas al nivel de la rodilla, enaguas y centros almidonados que rechinaban al paso de las botitas de taco alto y media caña.

Por el año 1917, las cuatro aceras de la Plaza Murillo se repartían de la siguiente manera: la acera del Loreto, específicamente para la venta de objetos artísticamente tallados en plata y madera. La acera del Palacio de Gobierno, únicamente para ebanistería, la acera del Lucero solamente para talabartería, objetos de cobre y cerrajería. La acera de “Doña Cualidad” sección esculturas, casitas, ekekos, Queveditos”, “kusillos” y demás objetos de estuco moldeado. Alrededor de la Plaza, los puestos de confituras, cigarrillos, harina, azúcar y todos los productos de abarrotes en general.

Otra de las variedades de las “Alasitas” de antaño, la cual persiste, eran las ediciones de periodiquitos bien escritos, con fondo literario jocoso de mucho ingenio y categoría.

Entre las costumbres que no se han perdido y son muy tradicionales, están las compras en Alasitas de una casita, un autito, una chacarilla, etc. Con la esperanza de que esa compra se convierta en realidad en el curso de ese año.

Algo muy típico en Alasitas es la emisión de billetes pequeños de varios valores y corte de la moneda nacional, es divertido pensar que, en estos días, ya la plata boliviana no es atractiva, más bien se venden dólares y “euros”.

Por su parte las madres de familia de esas épocas, las cuales durante todo el paseo se habían visto acosadas por sus hijos, tratando de evitar sus pedidos para comprar todo lo que ellos veían, terminaban adquiriendo los famosos “quimsacharanis” esos se vendían en la cuadra que queda detrás del Panóptico. Eran muy apreciados los trabajos que realizaban los presos de San Pedro especialmente los camiones, colectivos y caballos tejetas que ofrecían a la clientela de la feria.

Allí también se compraban enseres para el hogar, como ollas de barro cocido, chuas, wisllas y hermosas jarras bellamente decoradas, cubiertas de brillante barniz, traídas por las “cochabambinas.

Todos los que asistían a las “Alasitas” sabían lo que debían comprar, grandes y chicos. Las amas de casa adquirían toda una recova, enseres para el hogar, conservas, artículos de limpieza y un lindo par de macetas con geranios para reemplazar a la vieja pelargonia media seca del zaguán, o una enredadera de madreselvas.

Muchas añoranzas guardamos de la “Alasita” en San Pedro, los famosos pasteles, pancitos y kaukas de la “Llanta Baja” quien cada año vendía en la esquina de la plaza, todos se acercaban a ella a fin de admirar las fabulosas joyas que lucía en todos los dedos de sus manos, había que ver con que finura manejaba las pinzas para vender sus pasteles ya que los anillos le impedían mover los dedos con facilidad. Ella fue el símbolo de la “Alasita” y su recuerdo perdura, los paceños de corazón no olvidaran los dulces de la Florentina, los ekekos de Doña Flora y los exquisitos dulces y masitas de todas aquellas mujeres que, con cariño y dedicación, hicieron de la alasita de antaño una fiesta de elegancia arte y amor.

FELIZ DÍA DE ALASITAS

Isabel Velasco

Bookmark and Share

9 de julio de 2018

EL PORTENTOSO MILAGRO DEL SEÑOR DE LA COLUMNA


Como preámbulo al milagro del Señor de la Columna, ocurrido en la ciudad de La Paz en la cuaresma del año 1802, primeramente voy a referir lo que era entonces el templo de Santo Domingo, llamado también de “San Jacinto”, para luego después narrar en detalle ese hecho milagroso y divino del Señor de la Columna, algo que conmovió tanto y arrobo piadosamente al vecindario paceño de la época colonial.

Santo Domingo o San Jacinto, que así se llamaba la hermosa iglesia que se halla en la esquina de la calle Ingavi y Yanacocha, fue construida por los españoles el añ 1590 al fundarse también el convento cuyos claustros comprendían toda la manzana dentro de la cual se halla el Colegio Nacional Ayacucho.

Contaba en sus primeros años con 15 sacerdotes, frailes dominicos de hábito negro y capuchas blancas.

Cuenta el tradicionalista español Meléndez en su libro “Los Tesoros Verdaderos de las Indias” que, cuando construían el templo y habiendo cavado la tierra para los cimientos, el Prior Fray Miguel Antezana hallo, debajo de la tierra virgen, tres crucecitas de madera, las que fueron enviadas al Santo Padre de Roma. Este es uno de los episodios más curiosos del convento de Santo Domingo.

Al albor de la independencia, el Libertador Simón Bolívar, dispuso el alejamiento de los frailes españoles expulsándolos del país, convirtiéndose el convento en iglesia parroquial a cargo de la Curia Eclesiástica como Catedral en reemplazo de la antigua que había sido demolida, para dar paso a la nueva construcción que es hoy la Basílica y la misma que se estreno en la fecha del Centenario de la Republica en 1925, durante el gobierno de don Bautista Saavedra. Así Santo Domingo volvió a ser parroquia.

En este templo se hallaban las imágenes del Señor del Habla, de la Virgen de La Paz y del Señor de la Columna, que hoy se encuentran en la catedral de la Plaza Murillo.
En el templo de Santo Domingo se guardan y se conservan con celo religioso, la mano derecha del Obispo Ochoa, quien jamás en su gobierno episcopal había tocado plata o dinero con sus manos, ya que consideraba este una vil mercancía y cuando tenía que contarlo lo hacía con su bastón.

También está en ese antiguo templo la Mitra del Obispo Indaburo, Allí reposan también los restos del Brigadier Sebastián de Segurola y de otros tantos personajes del movimiento libertario del 16 de Julio de 1809.

En la cuadra de Santo Domingo, hacia arriba, donde vivían los nobles españoles en tiempos de la colonia, se encontraba la mansión de la encumbrada y filantrópica familia Landavere Villaverde, cuya cabeza era el paceño Don José María Landavere.
Era un lunes santo de 1802 a la hora del almuerzo que Don José María recibió el anuncio de su sirvienta Benita, de que un pobre caballero de aspecto muy señorial, toda bondad y dulzura pedía por caridad algo de comer.

Don José María inmediatamente lo invito a su mesa, pues era fama de los Landavere Villaverde, compartir el pan de cada día con pobres y ricos. El noble caballero, después de saludar a los circunstantes de la familia muy reverentemente tomo el asiento que le indicaron, sorprendiendo a todos por sus finos modales y su buena educación, su sola presencia causaba respeto y admiración. Era alto, de facciones finas, medio rubio.

Todas las puertas de las casas de familia de esa época permanecían cerradas y atrancadas con gruesos aldabones y cuñas de madera. El señor de la visita a pesar de tanta precaución de seguridad, había logrado ingresar a dicha casa a compartir la mesa del Lunes Santo con esa cristiana familia.

Mientras tanto y a la misma hora en que los Landavere Villaverde almorzaban, acompañados del respetable como pobre invitado. Uno de los sacristanes del templo enajenado de sorpresa y espanto, prorrumpía en gritos desaforados llamando la atención de todo el mundo, al comprobar que la imagen del Señor de la Columna había desaparecido de su altar.

El pobre sacristán enloquecido en tan semejante trance no tuvo más remedio que avisar la pérdida o secuestro del Cristo, pues era imp0sible que robaran al “Señor”.
Es de notar que la imagen del Señor de la Columna es del tamaño natural de un hombre.
El sacristán saliendo a la puerta de la iglesia a todo clamor y chillando pedía auxilio.



La excitación de la gente que se arremolinaba en su entorno comentaba desesperadamente la desaparición misteriosa del Señor de la Columna,
Ante tan fenomenal laberinto, fueron mandados emisarios por todas partes en busca de la imagen. El Señor de la Columna no parecía, el pueblo seguía arremolinado en las puertas del templo en corrillos de asonada. Más en medio del tumulto y sin que nadie lo advirtiera entre la confusión y chillerío que imperaba y aprovechando el desorden, entro a la iglesia un señor de aspecto humilde a quien nadie le dio atención.

En la casa de los Landavere nadie sabía de lo que ocurría en Santo Domingo y el huésped después de haberse servido parcamente el almuerzo, se levanto de la mesa y dando las gracias a sus benefactores, bendijo la casa y a toda la familia.
Dicen que al salir la esposa del dueño de casa conmovida en caridad, lo miro fijamente a los ojos y vio en ellos el esplendor del cielo, no pudo con su corazón bondadoso y corrió a la cocina y cogió un pan. Se acerco al mendigo y con todo cariño le dijo:

“Que tengo usted buen viaje forastero, que sus pasos siempre lleguen a su destino y tome para el camino este humilde pan”.

Don José María lo acompaño hasta la puerta de calle con las debidas atenciones a tan dulce, suave, apacible y paradigmático señor.

El visitante bajo la cuadra que mediaba entre su casa y la iglesia, en momentos en que el barullo iba creciendo. Esto llamo la atención del filántropo José María, obligándolo a bajar desde su residencia para percatarse de lo que sucedía. Puesto al corriente, se dio cuenta que el Señor lo había visitado y él lo invito a almorzar.
Mas no dijo nada, era imposible dar esa noticia, nadie le iba a creer.

El asunto se complicaba y la tensión de sobresalto y turbación iba creciendo.

Alguien dijo que acababa de entrar al templo una persona que coincidía exactamente con los detalles expuestos por el señor Landavere.

Todos entraron al templo, con dirección al altar del Señor de la Columna, encabezados por el infeliz sacristán, quien no sabía cómo responder de la desaparición de la imagen.
Pero….Oh Milagro!!! La efigie estaba en su respectivo sitio, mostrando sobre su columna de plata el pan que le fuera obsequiado por la Señora Villaverde después del almuerzo.
Acababa de efectuarse un portentoso milagro en los anales piadosos de nuestra ciudad, tan cristiana y tan religiosa y en un hogar de abolengo tradicional.

Desde entonces, en tantos años que han pasado, los familiares descendientes de los Landavere Villaverde cumplen con la santa devoción de hacer rezar la Novena y la Misa del Lunes Santo al pie del Señor de la Columna en la Catedral de Nuestra Señora de La Paz, en la Plaza Murillo.

Esta es una tradición paceña que pasa de generación en generación. Ayer eran los Méndez Ibarguen y luego los Méndez Aguirre. Ahora seguramente son sus hijos.
Bendígalos el Señor y agradezca el pueblo paceño a esta familia de grandes virtudes ciudadanas y de piedad cristiana.



Isabel Velasco.

Bookmark and Share


Derechos de Autor © 2016

Todo el contenido de este blog es propiedad intelectual de Isabel Velasco - isabelvelasco@hotmail.com