9 de diciembre de 2009

“CHIN-CHU-LINES” Y “CHIFA CON ARROZ CHAUFA”


Allá por 1909, año del Calendario de la Revolución del 16 de Julio, sentaron reales en nuestra ciudad cinco hijos del Celeste Imperio, que hicieron historia en la valerosa hoyada paceña.

El primero de ellos, Kwong Sang con su gran tienda de sedería, parasoles, cohetillos y té de la China en la calle del Comercio No. 21.

El segundo chinito Chin-Fu, tomó posesión en la calle Socabaya números 50 y 52 con un inmenso bazar de artículos chinescos, cristalería, loza, porcelana, artículos de fantasía, juguetes y agua de Kananga para embellecer el cutis de las damas de ese tiempo..Todo procedente absolutamente de Pekín, Shanghái y Cantón.

El tercero de ellos de nombre Lee Weng, poseía un almacén de abarrotes, cuya especialidad era la venta de arroz de Java y el té de Ceilán. Su tienda estaba instalada en la calle Mercado No. 177.

El cuarto emigrante amarillo, un tal Lee Tong Chu, tenía un restaurant en la Calle Recreo, frente al Colegio de los Sagrados Corazones, distinguido con el llamativo nombre de “Fonda Pekín”

Allí el ofrecía los platos de su “especialidad” Arroz con mondongo y Caldo de hígado a 10 centavos cada uno. Además de las sabrosas “costillas de cordero” este plato también valía 10 centavos. Anunciaba igualmente en su pizarra “Chin-chu-lines” y “Chifa con arroz chaufa”.

El quinto chino y más famosos de todos era un macaco farsante, charlatán y faramalla, como lo “phakphakus” de hoy, quienes deambulan por los barrios populares de nuestra ciudad, ofreciendo pomadas y jarabes para curar toda enfermedad. Este era el famoso “Doctor Lang Tang Hijo del Celeste Imperio” como así rezaban los anuncios en la prensa y en los boletines de propaganda que hacia repartir, donde ofrecía curar cuanta enfermedad se conocía en la época.

El Doctor “Lang Tang” tuvo muy pronto gran aceptación, con una clientela numerosa y escogida en su consultorio de la Calle Sagarnaga esquina Murillo, frente a la Tercera Orden Franciscana. Reloj en mano tomaba el pulso, una mirada al saque de lengua y otra a los ojos eran bastantes para saber si el paciente padecía de neuralgias, cólicos misereres, mal de Zambito, muermo, Zartan, Tabardillo, Tiricia, Colerina, Aceidas, Consunción o Pleurodinia, las cuales eran las enfermedades de “moda” de entonces. El mismo preparaba las pócimas, brebajes, jarabes y menjunjes para administrar a sus enfermos, recetando a diestra y siniestra cataplasmas de linaza, sinapismos, ladrillos calientes y fricciones con alcohol, especialmente en esencias de trementina, enemas emolientes laudan izadas, acidulados de almidón, gotas de láudano, y otras más.

Las bebidas y jarabes que recetaba los propinaba por azumbres, dándose casos en que la consecuencia de ellos causaba la muerte de algunos pacientes opilados o cuando recetaba obleas que él mismo hacía y eran tan grandes que muchos de los enfermos morían atorados. Tenía la gentileza de entregar a todos sus visitantes un rollito de papel pergamino, lleno de caracteres y escrituras chinescas, diciendo:

Lay...Lay es una olacio pala Confucio pala culalte!

La clientela crecía y Lang Tang quien sabia distinguir las enfermedades y a sus clientes cobraba en proporción a su fortuna, ganando fama y dinero en poco tiempo.

Los médicos paceños quienes desde un principio no se preocuparon de la competencia que les hacia el “galeno, viendo mermar su clientela y sobre todo sus ingresos, elevaron el grito al cielo y obligaron al Protomedicato intervenir en este asunto, presentaron el caso ante los tribunales ordinarios pidiendo se hiciese una investigación de los antecedentes de este personaje. La justicia pronto tomó parte en el caso, exigiendo al “Chino Falsante” sus títulos profesionales o en su defecto un examen de competencia si quería continuar ejerciendo la medicina.

“Lang Tang” respondió con una nota y algunos papeles escritos en chino, los médicos se quedaron en ayunas y la Secretaria del Protomedicato no tuvo más remedio que archivar la nota.

Mientras esto sucedía, la fama del chino se acrecentaba y la clientela aumentaba. La gente del pueblo, la que inicialmente acudía a su consultorio, muy pronto se vio suplantada por emperifolladas damiselas que pugnaban por una cita con el “amarillo galeno”, engañadas por su cortesía y su fama del “Glan Médico Chino Intelnacional”.

No faltaron también los caballeros quienes al leer la propaganda y escuchar de la “mano santa” del chino, acudieron a él para aliviar sus males, ignorantes de los fallecimientos que estaba ocasionando, de los cuales se le se excusaba diciendo:

“paciente molil pol no confial, no seguil tratamiento eficaz, culpa tenel ute!”

Mientras este chino hacia de las suyas y llenaba sus bolsillos con la ingenuidad de la gente, el Colegio Médico haciendo las pesquisas del caso, descubrió el no solamente…NO era medico titulado..Sino que en su vida había sido, siquiera, ayudante de enfermería! Así fue que decidieron cerrar su consultorio de medicina y farmacia, presentando una nueva querella y denunciando criminalmente ante los jueces las correrías del chinito “falsante”

Corrieron las diligencias del caso ante el juzgado del Dr. Benjamín Hennings, hasta que un día de esos se presento ante el gabinete del médico chino Don Urbano Vargas, auxiliar de juzgado, hombre muy conocido y muy popular en los tribunales de justicia, sus amigos y enemigos lo llamaban: “Chichilo”.

Este personaje era muy conocido por ser un hombrecillo físicamente flaco y de cara pálida, temperamento nervioso y con un carácter de “suegra con dolor de muelas”

El Chichilo portando el correspondiente cedulón y apoyado por dos policías armados, se fue a enfrentar al chino quien lo recibió afablemente y creyendo que era un nuevo cliente lo sorprendió diciéndole:

Ah ute tenel hígado malo…una semana yo culal…ute tomal mucho licol..

Dicen que la colerina subió a las narices del “Chichilo” que furiosamente le respondió: Lo que tengo es un cedulón de prisión contra usted, por ejercicio ilegal de la medicina y me lo llevo a la cárcel para darle la medicina que usted necesita.

El chinito sin perder la calma le respondió:

Yo quejal al glan empeladol de la China Lee Hung Chang!

El flemático “Chichilo” haciendo cumplir la ley al pie de la letra lo hizo jalar de la trenza con los soldados, haciendo cumplir la ley al pie de la letra.

Finalmente el chino fue llevado a la justicia. Mas ante el asombro de los médicos locales, centenares de personas se opusieron al cierre del consultorio de semejante “embaucador” en una manifestación frente a los tribunales pidiendo inclusive garantías para que se le deje ejercer libremente su “profesión”.

Sin embargo pudo más la ley y la cordura, los médicos se impusieron haciéndole salir del país.

Efectivamente este chino, no había sido médico ni cosa parecida pues poco después de su deportación fue visto por las calles de Arequipa ya no como médico “intelnacional” sino vendiendo platos chinos en el Mercado de San Agustín de aquella capital.

Con su salida la ciudad tomó su ritmo normal de vida, los médicos quienes entonces oficiaban “también” de honorables y respetables consejeros, recobraron la confianza del pueblo, sin dejar de recordar jamás el susto que les dio “El Doctor Lang Tang, Hijo del Celeste Imperio”

Isabel Velasco.

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1 comentario:

  1. Me encanta cómo cuentas esas historias, Isabel. Eres una excelente narradora.

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