21 de mayo de 2012

EL FIN DEL MUNDO EN LA CIUDAD DE LA PAZ







Era una tranquila noche de plenilunio del mes de mayo, la azulada claridad de la luna llena iluminaba todos los techos de la ciudad, todo hacía pensar que reinaba en el ambiente paz y tranquilidad, mas no era así, esa noche era la víspera del gran acontecimiento científico astronómico que iba a ocurrir en la ciudad de La Paz el 29 de Mayo de 1919, fenómeno que por su rareza despertó gran interés entre todos los ciudadanos, causando gran alboroto y una expectativa total entre el pueblo el mismo que reacciono de diferentes maneras, de acuerdo a su capacidad y cultura.

Dice que en la ciudad de La Paz, con semanas de anticipación los ciudadanos habían recibido la noticia de que se produciría un eclipse total de sol, espectáculo digno de admiración por su grandeza, puesto que los sabihondos y científicos de la época afirmaron que dicho prodigio solo ocurría cada cuatrocientos años en un mismo lugar.
La prensa local difundió la noticia explícitamente, informando e instruyendo a la población sobre fecha, hora exacta, manera de apreciar la intensidad, su duración y diferentes características.  Igualmente hizo hincapié en el hecho de que no era necesario, para los que lo querían observar, de trasladarse a El Alto, puesto que la totalidad del eclipse se podría ver en todas partes, incluso desde la “escalinata de piedra” de La Alameda.

Durante toda esa temporada pudo notarse como la prensa se ocupó de publicar un sinnúmero de opiniones, deducciones y predicciones con respecto a este suceso celeste de imponderable belleza.

Por varios días en La Paz la expectativa fue general, llegaron científicos de todas partes, entre ellos el profesor francés Constant Leurquin, ellos dieron conferencias y explicaciones.  Los Sacerdotes jesuitas, astrónomos de todas clases y científicos medios locos, mantuvieron en vilo a la gente con el eclipse.

Don Arturo Posnasky y el  Rev. Padre M. Descotes,  como era de esperarse, tuvieron su gran cuarto de hora para lucirse como grandes expertos que eran y así perdidos entre aparatos, campanillas, cables cortos y largos, pizarras, anotaciones, frailes etc.… construyeron un observatorio físico en la terraza del Palacio Solar de Tiahuanaco, desde allí podrían ver todas las fases del eclipse solar por medio de instrumentos de precisión.

Dice que desde muy temprano, una inmensa animación reinaba en toda la ciudad, el vecindario se puso en movimientos para no perder ni un solo detalle de tan raro espectáculo y  la inquietud del pueblo era visible y entusiasta, muchos vinieron para esta oportunidad de algunas ciudades del interior así como también bastante gente del exterior.   

Desde las cinco de la mañana se vio movimiento de gente que ascendía a los puntos más prominentes para conseguir mayor amplitud de horizonte, las calles eran vías por donde se dirigía la ciudadanía con dirección a las colinas y partes superiores, gente de toda clase se aposto convenientemente desde el amanecer en todos los alrededores de la ciudad haciendo agrupaciones numerosas en las planicies, cerros y plazas.




El Montículo fue el lugar más concurrido, también la Plaza de San Pedro, la Planicie de Chijini y la zona de Santa Barbará; era pintoresco el espectáculo, todos los espectadores estaban convenientemente abrigados con gruesos chales, gorros, abrigos y guantes, para defenderse del frio, el cual era muy intenso, la respiración se expedía vaporizada, mientras todo el cuerpo se entumecía y tiritaba.
En todas las iglesias y parroquias de la ciudad y de los pueblos, sacerdotes y curitas de provincia se habían encargado de anunciar a la población indígena sobre el citado fenómenos, aprovechando el particular para amedrentar a los infieles y pecadores con sendos sermones y peroratas acerca de un castigo divino, advirtiéndoles que la ira de dios se iba a manifestar ocultando el sol y oscureciendo la tierra como una pena por sus pecados.

Los indígenas asustados con las predicas y más aun con las habladurías de los charlatanes, que decían que el sol estaba enojado y que no calentaría nunca más, habían preparado desde la mañana del día anterior al suceso, grandes hacinamientos de paja y palos secos para alimentar hogueras, de antemano poseían zurriagos para producir la chillería de sus guaguas a quienes iban a flagelar en señal de desagravio al sol, que enojado por las maldades de los hombres se ocultaba amenazando con su oscuridad a todos los terrestres.

El importante y raro acontecimiento sucedió más o menos a las 6 de la mañana, cuando se dibujó en el horizonte una pincelada de luz pálida y rojiza que hacía suponer la aparición del sol en pocos momentos, mas no tardo mucho el astro rey y mostro su faz radiante y llena, alentando la ansiedad de todos los espectadores, apareció sobre las serranías que limitan la parte norte y noreste, pero ya un poquito eclipsado por la luna, que poco a poco fue invadiendo la esfera solar hasta situarse por completo en el centro, permitiendo a lo más un halo de luz.

 Todos los observadores que habían esperado impacientes prorrumpieron en hurras y la chiquillería más entusiasmada y expansiva mostro su alegría con chillidos y gritos. Acto seguido se produjo el llanto, las guaguas de los campesinos rompieron en griteríos debido a las azotainas que les propinaban sus padres, fueron casi tres minutos de angustia entre la población del altiplano quien en medio de lamentos veía como la oscuridad se hacía completa por la desaparición del sol.

Duro diez minutos el soberbió espectáculo del eclipse total en los cuales la ciudad se vio envuelta en sombras simulando un anochecer.  Las aves de corral creyeron que era de noche y se refugiaron en sus gallineros, los pajarillos buscaban trinando sus nidos. Los indios hacían chillar a sus hijos creyendo que el astro se moría, ardían las hogueras para calentarlo.  Algunos que no habían estado debidamente preparados para el suceso prorrumpieron en alaridos, creyendo que el fin del mundo había llegado, las beatas y beatos corrieron hacia las iglesias a pedir confesión por sus pecados y muchos observadores temerosos se postraron de rodillas con los brazos en cruz, clamando a Dios y golpeándose el pecho gritaban: ¡piedad señor piedad!

Así como muchos disfrutaron de lo maravilloso que estaba sucediendo, se vio en los templos un movimiento general de gente pecadora quien, segura de vivir sus últimos momentos, pedía perdón por sus pecados y se arrepentía de la vida que había llevado. Igualmente se pudo ver padres apresurados pidiendo bautismo para sus hijos, así como parejas que no estaban casadas, se casaron ante la ley de Dios.

La gente de los mercados salió de ellos lanzando alaridos de terror, seguros de que era el fin del mundo, muchos pagaron sus deudas, se disculparon y perdonaron, realmente fueron unos diez minutos en que gran parte de la ciudadanía se puso bien con Dios, sus deudas y sus enemigos.

Como jamás, un desperdicio al que no se prestaba atención, nos referimos a los vidriecitos rotos, fue solicitado como nunca. 
Dicen que era de no creer el ver las caras de los observadores, de toda esa gente curiosa ávida de conocer la “pelea del sol con la luna” como así llego a llamarlo el vulgo, con vidriecitos ahumados sostenidos por una mano mientras la otra se protegía del frio en un bolsillo.  Los que miraban tiritaban, se movían de un lado a otro, levantando un pie, luego el otro.

Y los comentarios: Se habló de malas cosechas ¡malos gobiernos!
¡El Sol estaba indignado! Muchos cuentan que en medio del barullo se escuchó por ahí el lamento de una doña que gemía diciendo:
“Guerra en Europa,  malas cosechas, el gobierno una desgracia, tanta calamidad” y su interlocutora chuquisaqueña haciendo saltar su regionalismo le contesto:

“Ustedes los paceños todo lo tienen hasta eclipse se los hacen”
Siguieron las caras, gestos y las peregrinas observaciones, a todo esto comenzó a brillar nuevamente el sol, que ascendió en un diáfano cielo paceño de invierno. Los ánimos se aplacaron los temores desaparecieron y todo volvió a la normalidad con la esperanza de que el sol había perdonado a los infelices mortales de la tierra.




 “Gracias a Dios que brillo el sol otra vez sobre La Paz” decía un titular del periódico “El comercio” al día siguiente del 29 de Mayo de 1919.
El fin del mundo no había llegado a la ciudad pero era un anuncio, que hizo que por mucho tiempo los confesores tuvieran mucho trabajo y que los paceños de entonces llevaran una vida ejemplar por …unos cuantos días…

Isabel Velasco.


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