15 de julio de 2010

La Cholita Paceña



La palabra “chola” procede de la palabra española “chula” típicamente madrileña, con la cual se designaba a la mujer del pueblo allá en Madrid.

Este remedo lo heredamos de la colonia y con él designamos cariñosamente a esas mujeres fruto de la unión de españoles americanos e indios.

Desde tiempo atrás, las “cholitas” paceñas típicas exponentes del hermoso mestizaje existente en el Alto Perú, sobresalieron por lo vistoso de sus trajes. Estas características especiales han desaparecido para siempre. De la gracia y elegancia de aquellas mujeres que inspiraron inolvidables novelas, hermosos versos, tristes yaravíes, alegres cuecas y huayños, solo se sabrá al leer cantidades de artículos que los escritores han dicho en su memoria.

Lástima que no hayamos tenido pintores que hubiesen conservado para el recuerdo la estampa donairosa de esos graciosos ejemplares de nuestras costumbres pretéritas. Ante este hecho supliré en mis retro percepciones el figurín de la distinguida cholita paceña de antaño.

Recia estampa, gracia y donaire, la “cholita” vestía pollera ancha de felpa, raso, otomán o gros, telas finas y costosas de colores vivos.

Tres o cuatro ruedas de arandelas replegadas que se llamaban alferzas. La cintura recogida y estructurada en presilla y una larga hilera para atarla. Debajo de la pollera dos centros o enaguas de finas telas de organdí, bien almidonadas, que hacían extender y dar revuelo a la pollerita que se albergaba un poquito más debajo de la rodilla. Medias de seda, principalmente en color blanco. Botitas de caña alta hasta un poco más arriba de la canilla, con abotonaduras y cordones entrelazados en una cantidad de ojales y ojetillos, los que remataban en pequeñas borlas. Tacón alto estilo Luis XV.




Por otra parte la elegante chaquetilla llamada “matinée” una blusa de seda bordada al “tambor” con motivos florales, adornada con volados en el pecho, mangas largas abullonadas o campana, voladores de encaje, abrochable por delante. La misma que al llegar a la cintura se ajustaba a ella ceñidamente , alzándose encima de la pollera en tiras bordadas a modo de aleta. El cuello de la chaquetilla era de encaje ancho y encarrujado.

Cubriendo la espalda y para lucir como las damas de entonces, una bella manta de seda china legitima con diversidad de caprichosos bordados, prendida por delante con un “topo de oro” o de plata engarzado con perlas y piedras preciosas en filigrana.
Complementaba su graciosa figura una cadenita de cabestrillo al cuello, de donde pendía un relicario. Sus dos magnificas trenzas de reluciente negro remataban a la espalda “thullmas”, anchas tiras de cinta de colores vistosos.

Según investigaciones hechas en el Museo del Tambo Quirquincho en la “Sala de la Chola”, nuestra anfitriona y directora Doña Nelly Vázquez de Romero, explico que existen numerosas versiones sobre cómo era y como fue evolucionando el traje de este personaje tan hermoso y tradicional. Se han encontrado cuatro épocas importantes durante el proceso.

Estos estudios nos llevan a la conclusión de que la mujer mestiza siempre vistió tratando de imitar los miriñaques, tres largos, mantilla, etc., de las mujeres de la colonia, es de suponer que estas eran criadas en las casas de los chapetones y ricos hacendados de entonces los cuales insistían en la búsqueda de la perfección para estas mujeres, ya que ellas eran servidoras y criadas de los señores y debían vestir fina y delicadamente. Inclusive por el hecho de que ellas eran las ayas de sus hijos.

Es cierto también, que muchas señoras mayores recordaran como sus madres o abuelas siempre salían de sus casas bien acompañadas de sus empleadas.

Estas señoras eran portadoras de toda la “toilette” o bien representaban seguridad para ellas y en muchos casos, era signo de “status” para ellas.

Al escribir estas líneas muy presente está en mi mente la imagen de mi Mamá Magdalena y mi Mamá Lorenza, la primera por parte de mi padre, la cual me cuido desde mis primeros días hasta que se fue al reino de Dios a los ciento y cuatro anos de vida. Crio a mi abuela, a mi papa y a mis hermanos e inclusive a mis hijos.

Increíble!!

Mamá Lorenza no vivió muchos años, lamentablemente, se fue detrás de mi abuelita Carmen Villegas de Caballero, sin embargo sus relatos son fascinantes.. Ella nos contaba de todos los milagros de los santos de la corte celestial, las medicinas que se usaban en cada enfermedad y los amoríos y tragedias de las grandes leyendas de la historia de la ciudad de La Paz, era en pocas palabras una especie de guía histórica y de recuerdos de La Paz.

Magdalena era una sabionda, sabía leer y escribir, había leído todas las historias de la Biblia, se conocía de memoria el Santoral Católico y leía todas las noches para “toda la concurrencia” de parientes, vecinos y chicos del barrio los relatos de las Mil y una Noches, así como los viajes de Gulliver. Cantinflas era el amor de su vida y no se perdía ni una película mexicana en el Cine del Colegio San Calixto ni menos las películas nocturnas en el Mignon y el Murillo.

Debe ser por ese contacto tan intimo de “madre a hija” que tuve con estas señoras tan queridas que aprendí mucho en esta vida, ellas fueron parte de mi aprendizaje y educación…así también de los castigos de los cuales no me olvido. Lastimosamente nunca fui una buena alumna en cuanto a costura, bordado o tejido al tambor se refiere. Pero si aprendí a cocinar y tuve en ellas las mejores maestras.

Volviendo a nuestra “Cholita de Antaño” y con los antecedentes mencionados después de la conquista, la mestiza tuvo que vestirse adecuadamente y como exprese “a la moda” más o menos de sus patrones españoles.

El sombrero del personaje que nos ocupa ha cambiado mucho, primero era tricolor marfil, casi bajito con el ala corta, la cual sin ser ancha cubría el sol, adornado con cintas de color, muchos de ellos con flores artificiales. En general el sombrero era una especia de pajizo con la copa mucho más alta según la edad, planchado con azufre y goma de consistencia solida.

Años más tarde los sombreritos ya no fueron importados del Ecuador o de Panamá y los artesanos nacionales los empezaron a confeccionar, ahí la copa subió un poco.

De este interesante y hasta humorístico detalle no se conoce mucho, sin embargo por los relatos de mis abuelos, quienes conocieron muy bien al personaje y supieron de su desgracia yo se los cuento, no me atrevería a hacerlo si no fuera una historia acertadamente real.

Por el año 1920 un comerciante chileno llamado Guillermo de Notta, quien poseía uno de los establecimientos más elegantes para el vestir masculino, recibió por equivocación una partida de bombines o tongos para caballero, con visera corta y embarquillada. Ante un eventual fracaso económico, trato de interesar a algunas señoras cholas tradicionales y de muy buena posición, para sofisticarlas con un nuevo modelo de sombrero que les daría mayor elegancia. Los planes publicitarios de De Notta tuvieron un fin y este tuvo éxito.

Regalo unos cuantos “bombines” a estas emperifolladas señoras, quienes a su parecer marchaban al paso de la moda de la aristocracia del “cholaje paceño” No se equivoco! Ellas impusieron la moda del sombrero Borsalino que hoy se usa, el cual no es ni sombra del autentico sombrerito de la “cholita paceña”


Dicen que era tan agraciada y lindota esta nuestra cholita que tras su paso por las calles, escarcela en mano y al vaivén cimbreante que solo ellas saben dar a sus caderas, hacían crujir sus centros condicionados con un zass …zass… singular, perfumadas de romero en una demostración de donaire y belleza autóctona.

Y qué decir de sus afeites y arreglos faciales, las cholitas de entonces no usaban “rouges” ni coloretes de los turcos ambulantes, se retocaban sus labios y mejillas sonrojadas con “airampo” (Made in Bolivia) cosechado en los valles de Poto Poto. Sus lunares, sus ojos y cejas las retocaban con sombras de ceniza de almendras retostadas.

Lamentablemente este hermoso y elegante atuendo de la verdadera cholita paceña, ha desaparecido. La actual vestimenta es la relajación más burda de lo tradicional. Las cholitas de antes se han ido para siempre, de su figura donairosa y su vestir solo queda el recuerdo.

La “chola paceña” mantenía un nivel social de preponderancia en la ciudad. Para el mejor “pije” o “doctorcito” de la época era un honor ser invitado a los salones de la aristocracia chola de La Paz.

Sus padres ofrecían las más grandes fiestas en los salones elegantes amoblados con muebles europeos, donde se lucían enormes lunas vienesas y cortinajes franceses, en un despliegue de lujo y bonanza incomparable.

Amenizaban estos ágapes las mejores orquestas y estudiantinas de La Paz y en estos “saraos” se bailaba el vals, la mazurca, los lanceros, se marca el “chotis” con invitados especiales del gobierno y del cuerpo diplomático. De ahí que la cueca paceña, es un remedo más alegre y festivo del baile de los lanceros.

El año del Centenario de la Republica 1925 las fiestas fueron de tal renombre que no tuvieron comparación, así como las principales familias de La Paz ofrecieron grandes “soirees” semanales, también las señoras cholas de entonces se lucieron en competencia con la aristocracia paceña, dando magnificas galas y fiestas.

Una de las más mentadas y recordadas fue la que se ofreció en honor del Presidente de la Nación Don Hernando Siles en casa de Dona María Flores Bermúdez, cuya familia era una de las principales de la “elite” de ese entonces.

Habiendo sido nombrada Reina del Trabajo, entro en el desfile luciendo toda su hermosura acompañada de una bellísima vestimenta y joyas valiosísimas en un carro alegórico sensacional.

A los pocos días, agradeciendo todos los homenajes que había recibido por parte de los círculos sociales de nuestra ciudad, ofreció una fiesta tan suntuosa la cual dicen marco época en los anales sociales de La Paz.

Para esa oportunidad su familia hizo cambiar billetes usados por nuevos, recién impresos, cortajeandolos en pequeñas piezas, haciendo de ellos cantidades enormes de mixtura. El Presidente Siles acudió a la fiesta desde el Palacio, acompañado de toda su comitiva, cuerpo de edecanes y ministros para saludar a la Reina y al hacer el ingreso a la casa fue recibido por una lluvia de mixtura de billetes que caían incansablemente desde los balcones de la casa de los Bermúdez. Algo insólito que solo pudo ocurrir en aquellas épocas de bonanza y prosperidad.

Vayan estos recuerdos en la fecha en que conmemoramos la efemérides de la ciudad de Nuestra Señora de La Paz, un abrazo a todos los paceños del mundo!! Y Viva La Paz...Nuestra hermosa ciudad!


Isabel Velasco.

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4 comentarios:

  1. ISA TUS DETALLES EN LAS DESCRIPCIONES DE LAS TELAS Y SUS TEXTURAS ME HACEN VOLAR HACIA UN MUNDO DE TERCIOPELOS Y ENCAJES!

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  2. monica sejas monje20 de octubre de 2010, 9:25

    muy buena descripción pero para actualizar la sala de la chola paceña se encuentra ahora en el museo costumbrista de La Paz y se han realizado tantas modificaciones pero se han cuidado muy bien las fotografías y trajes de antaño

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  3. MUY BIEN ISA LA TEXTURA ES LINDA SEGUI ASI TU PUEDES

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  4. Es tan solo al estar lejos de lo amado, en que nos damos cuenta de nuestra perdida.

    Pero recordar es vivir.

    En la relatividad en que vivimos para los que buscamos ser conscientes, hemos conocido el paraíso y lo hemos dejado por diferentes razones, con el engaño de que a el hemos de regresar.

    Para los que tenemos recuerdo de lo que Isabel rememora, es felicidad de haber vivido esos tiempos, y dolor porque los que no conocieron esa patria y sus valores hoy están quizás ayudando a que sea aquel paraíso nada mas que una memoria.

    Gracia Isabel por al recordar y sentirte orgullosa de ello, hacernos vivir.

    A Salinas

    Chukuta viendo en San Francisco, California

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