2 de mayo de 2012

¡EL ENCANTO Y LA BELLEZA DE LOS TRANVÍAS EN LA PAZ!


No hay mejor receta para los males del corazón, la tristeza y la depresión que el recuerdo de otros tiempos, la añoranza de la juventud, años de bonanza, auge de magnificencia, épocas felices que no volverán, sin embargo viven en el alma de nuestro abuelos, que fueron sin duda los que disfrutaron de las bondades y las glorias de nuestro pasado tan bonita, especialmente de aquellos años veinte, época de esplendor en nuestra ciudad.

Para curarnos del mal del “Micro”, “minibús”, “radio taxis” etc., etc... Que sufrimos los paceños (entre mil cosas más), evocaremos con nostalgia a los simpáticos y alegres tranvías, mudos testigos de mil y un romance, dimes y diretes, criticas, charlas e intrigas políticas, confesor de penas y culpas, encubridor de besos robados a la luz de la luna, peleas conyugales, riñas políticas y tantas otras cosas que se olvidaron junto a sus restos venerados.

El campanillero del tilín… talan…era característico anuncio del paso del tranvía por las calles de la ciudad. Cuesta arriba, cuesta abajo, desde la Estación Central, por la Avenida Montes, la Pérez Velasco, Comercio, Illimani, Loayza, Potosí, Socabaya, Mercado, El Prado, Avenida Arce, San Jorge, hasta Obrajes, desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche, subían y bajaban deslizándose sobre los rieles muy orondos y solemnes los rimbombantes tranvías, demostrando a su paso toda la dicha y prosperidad de esos lindos tiempos, de las décadas del 1910 al 1930, épocas felices cuando el dólar valía dos bolivianos con treinta centavos y la libra esterlina doce cincuenta.

Habían pasado cien años de la Magna Revolución del 16 de Julio. 1909 era el año del Centenario del Primer Grito de la Independencia Sudamericana y el pueblo paceño festejaba con entusiasmo aquella legendaria epopeya. La Municipalidad de La Paz tenía que patentizar esa vez, más que nunca, su querencia y amor a la ciudad y así lo hizo, obsequiándose obras efectivas de progreso y beneficio reales. A las doce en punto de ese hermoso día lleno de sol y alegría, al estruendo de bombas, camaretas y cohetillos, en un ambiente de fiesta, lanzamiento de globos, mixturas y serpentinas, en medio del bullicio de vivas, hurras y la algazara general, salieron de la cochera de Challapampa los “Tranvías Eléctricos Urbanos”, listos para estrenarse ante la presencia del Presidente Montes.

Embajadores plenipotenciarios de países amigos, dignatarios de Estado, la Municipalidad en pleno, presidida por el Presidente del Consejo, Señor Don Héctor Ormachea, dio comienzo a la solemne bendición de los tranvías. El Obispo de la Paz Nicolás Armentia, de gran recuerdo entre los paceños de esa época fue el encargado del bautizo de los hermosos vehículos.


Siguió la “challa”, padrinos y madrinas hacían estrellar botellas de champagne francés en los “guardachoques”, acto seguido se desarrolló un programa apropiado con discursos de inauguración, felicitaciones y brindis. En esa ocasión la Municipalidad confirió una medalla de oro al Señor Horacio Ferrecio, Gerente de The Bolivian Rubber General Enterprise”, por su activa labor en la ejecución del tendido de los rieles en la ciudad.

Para culminar este acontecimiento de tanta alegría, salieron los hermosos tranvías de las cocheras de la Estación de la Avenida Montes, esquina Uruguay, uno tras otro, con los colores de la ensena nacional, uno de color rojo, otro amarillo y el tercero verde, primorosamente encabezados y engalanados con banderas, emblemas nacionales y de otras naciones amigas, formando un radiante juego de luces eléctricas, el conjunto lleno de alborozo el ambiente de esa fiesta del Centenario Paceño.

En su estreno salieron de paseo por la ciudad con pasajeros, entre los que se encontraba lo más representativo del Gobierno Nacional y municipal, así como invitados especiales. A su paso por las calles el pueblo vitoreaba regocijado lanzando mixtura, flores y serpentinas. Los tranvías en su primer viaje llegaron hasta San Jorge, donde terminaba el primer tramo de rieles, el área se extendió hasta allí entonces para después ser ampliado, tomando Miraflores llegando hasta la ciudadela del Estado Mayor, entonces el “Hipódromo Nacional”. Otra línea hacia el Cementerio General y una última al barrio de Sopocachi, culminando en el Montículo.

Estos bellos tranvías de manufactura francesa eran elegantes y señoriales, igual a los tranvías de Paris, claro que un poco más pequeños para vencer la topografía, tan especial de nuestra ciudad, con calles angostas y gradientes empinadas.

En total eran cuarenta los tranvías que hacían este servicio de transporte urbano en la ciudad y había también los que llevaban pasajeros a El Alto.

La dirección y el mando estaban a cargo del “motorista”, quien con la mirada fija en la vía comandaba el carro con toda circunspección y seriedad. Se hallaba trajeado con uniforme azul, galones y botones dorados, camisa blanca con cuello y puños planchados y gorra de militar, pisando de rato en rato un resorte de la campanita: tilín…talan…la misma que avisaba el paso del tranvía a los peatones desprevenidos. Asimismo para parar en las esquinas, subiendo y bajando pasajeros. Del mismo modo estaba vestido el “Conductor” quien era encargado del cobro y venta de pasajes, con su “escarcela” en mano se hacía cargo del boletaje y el dinero. Existía un personaje más: el Inspector, encargado de revisar y comprobar si todos los pasajeros habían pagado sus boletos, marcándolos con una pequeña perforadora. Como es de deducir, todo se hacía con ceremonia y atención.

Los tranvías rojos eran de primera clase, destinada especialmente para pasajes de le “elite” paceña , el boleto costaba muy caro: 20 centavos!. Valía la pena pagar tanto, puesto que los asientos eran elegantemente tapizados en mimbre.

Los amarillos, con asientos forrados de cuero, eran para segunda clase y el pasaje era de 19 centavos, precio módico para oficinistas, empleados de comercio y personas sin distinción de clase social. Los tranvías verdes tenían dos compartimientos, uno de primera y otro de segunda. No se permitían bultos de ninguna naturaleza.

Por esa época la moda femenina se caracterizaba por las faldas y los vestidos largos hasta debajo de la canilla, por lo tanto no se veía a las señoras, chiquillas y cholitas mostrar las pantorrillas, ni mucho menos las piernas. Es así que no faltaban en las esquinas los curiosos que escudriñaban a las buenas mozas para fisgonearles picarescamente cuando subían y bajaban del tranvía, mostrando sin querer sus moldeadas y tentadoras pantorrillas. Era de ver a los pijes “dandis” petimetres de esa linda época subir al tranvía, ellos preferían ir en la “plataforma” para mostrarse “pitucos” y farsantes luciendo sus pantalones de fantasía, el pajizo a la pedrada, sosteniéndose con movimientos estudiados en sus modernos “bastones”, luciendo su pinta a las buenas mozas que transitaban por la calzada.


En resumidas cuentas, el tranvía era el escaparate de la moda parisiense en La Paz, el mostrador de la belleza femenina y la vitrina del encanto de la vida social paceña. Viejo tranvía de los recuerdos, nadie sabe dónde fuiste a parar, despareciste como todo lo bello e inolvidable, sin embargo vives aun en la memoria de los viejos paceños que no han olvidado tus bondades y que en las largas e interminables filas esperando un micro, añoran escuchar tu “tilín…talan” tan querido!

Isabel Velasco


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2 comentarios:

  1. Deliciosa nota Isabel. Yo tengo por ahí algún blog en que, nostálgico, escribí sobre estos personajes solemnes y ruidosos que hoy se extrañan tanto. Gracias.

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  2. ¿Que sentisa y que sientes actualmente, luego del asesinato de jovenes en la Calle Harrignton? ¿Crees que sentira igual Poggui?

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