1 de noviembre de 2010

TODOS SANTOS Y LA FIESTA DE LAS MUÑECAS



Escribimos estas líneas al calor de las tradiciones de antaño, de los recuerdos de nuestras abuelas, de aquellos hermosos tiempos buenos en que La Paz era una pequeña ciudad con pocas diversiones, donde en el ambiente familiar se solemnizaban las fiestas, reuniones, tertulias, paseos, verbenas, retretas y procesiones, con luminarias y fuegos artificiales.

La fiesta de TODOS LOS SANTOS, en los primeros días de noviembre, revestía singular animación con las misas, responsos, ofrendas para las almas benditas y las visitas al “Panteón”, pues así se llamaba el Cementerio General.

Entre los oficios religiosos, esta fiesta santa se caracterizaba también por los “compadrazgos y el bautizo de las muñecas”.

Las niñas y señoritas de 15 años, quienes antiguamente jugaban con estas wawas tenían como costumbre pasear el “Día de Todos los Santos” por la Alameda, concurriendo con su más bellas pastas, elegantemente engalanadas con bellas vestiduras a la moda.

Era una costumbre muy arraigada en esta fiesta religiosa, parte de los deberes sacramentales, visitar a conocidos allegados de la familia y en medio de conversaciones muy divertidas se comprometía el nombramiento de padrinos y compadres para el BAUTIZO de las pastas. Esta tradición continuó por años de años y muchas veces se hizo realidad cuando los jóvenes se casaban.



Esta letanía no cesaba durante tres días, el almanaque se hojeaba con interés desmedido y los compadrazgos eran tomados con toda seriedad y solemnidad.

Hasta ahora se recuerda esta fiesta entre las charlas de las abuelas quienes cuentan que muchos días antes los padres de familia se pasaban preocupados eligiendo y comprando muñecas, así como ropa y otros efectos en las conocidas tiendas de juguetes del Nato Schuab, la de Chin Fu, La Sultana, la Villa de Paris y otras en la calle del Comercio, la calle Chirinos y la Calle del Mercado Principal.

Asimismo, las madres de familia, solicitas y diligentes se pasaban horas enteras haciendo costura, para vestir elegantemente a “sus hijas” las que debían lucirse en el paseo del Prado.

Cosían hermosos trajecitos de raso ribeteado con encajes de toda índole, generalmente restos del costurero de la mama, el cual era aprovechado de lo mejor en estos días.

Estas “hijas” fruto del amor eterno que las niñas desde muy temprana edad demuestran por sus futuros y reales hijos, tenían que ser bautizadas y para ello tendrían que tener un padrino “conocido” y querido.

Las indicaciones y esquelas cruzaban por todos los lados de la ciudad, dando lugar a lindas y animadas reuniones sociales esperadas por la juventud paceña, por supuesto que la invitación era solícitamente atendida y los “compadres y comadres” acudían a las reuniones con frenético entusiasmo.

Sabido es que entonces los jovencitos eran caballerosos y galantes, las niñas, ni que decir! Un sueno de pudor y buena educación.

Entre risas y miradas escondidas, se elegía al padrino:

“Yo quiero que usted sea el padrino de mi hija!

Que bella! Se parece a usted!

Es su vivo retrato!

Con gusto la tendré de mi ahijada.

No le dé madrastra por favor!

Cuidado con el sarampión!

No sea que me de mala cuenta…no! imposible la hare vacunar…

Póngala en los Sagrados Corazones! Que aprenda francés y a tocar el piano o póngala en las Anas para que hable italiano, o que mejor el Ingles!

Este trajín se llevaba a cabo en presencia de madres, abuelas, tías y nanas. Luego del nombramiento se servían las “mistelas” refrescos y variedad de confituras confeccionadas para el efecto.

Cada señorita tenía infinidad de muñecas y era una odisea conseguir nombre para todas ellas, entonces estaban de moda los nombres de las reinas europeas, así que las wawas se llamaban Victoria, Eugenia, Isabel, Marian, Antonieta, Elena, Carolina, Beatriz. No faltaban las María Luisas o Luchas, Lauritas, Manuelitas y Pepitas, Chabelas y Josefinas.

Para los varoncitos, tenían que ser “nombres dignos” como Zenón, Macario, Bautista, Tadeo o José, y que mejor que Francisco o Manuel, Enrique, Napoleón o Casimiro.

El 2 de Noviembre, desde muy temprano, el tradicional paseo de la Alameda se llenaba de un gentío heterogéneo, en un ininterrumpido caminar de niñas y niños paseando a sus muñecas de porcelana fabricadas en Paris, otras de “papiermache” o celuloide de Alemania o el Japón, no faltaban las “pastawawas” de estuco o de madera las “pastas k’ullus” manufacturadas en el Penal de San Pedro o también las “T’anta wawas” de harina, consignadas en el horno del “Wallka Pedro”

Dos bandas de música, una situada dentro de la misma Alameda y la otra al final de El Prado, recreaban los oídos de los concurrentes con sus alegres acordes.


Después del paseo, las recién bautizadas acompañaban a sus mamas, abuelas y amigos al Panteón a visitar a los muertos y ponerles flores.



Es de lamentar que tan bellas y dulces tradiciones de nuestro mundo social juvenil, hayan sido olvidadas por el afán de imitar modalidades foráneas que nada bueno hacen por nuestra cultura.

Isabel Velasco.

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2 comentarios:

  1. Isabelita,

    Como siempre deleitandonos con estos hermosos relatos que hacen parte de nuestra historia, como no recordar los batizos y cumpleanyos de las munyecas, si hasta en mas de una oportunidad me dieron el honor de ser el "cura" para bautizar a las munyecas de mi barrio.... recuerdo muy bien la vestimenta de ese "cura" era pues un vestido negro de una de las mamas de las chicas, y encima de ese enorme vestido, porque yo por esos tiempos parecia un fideo tallarin, un hermoso justan blanco de encajes! Son memorias que ahi estan en el recuerdo, y como dice la autoria de la nota, al final de la misma, es lamentable que ahora al ninyez no tenga el privilegio de jugar con la misma ternura e inocencia de aquellos tiempos. El nintendo, juegos electronicos, Barby, halloween y demas, hayan arrebatado de algun modo el privilegio de gozar de guejog simples, en los que la imaginacion era el limite.

    Gracias Isabelita.

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  2. OOOOps... Isabelita, mi comentario salio como si fuera de David y soy yo tu amiga Norma.

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