8 de marzo de 2012

¡ESOS REMEDIOS PRODIGIOSOS DEL PAÍS!



En diciembre del año pasado, viajé a pasar la Navidad con mi familia a La Paz, Bolivia. Antes de mi viaje, y en una conversación casual con un amigo muy querido que vive en Naples, el Señor Euro Alfonso Brito, venezolano, le avise entusiastamente que iba a mi tierra adorada por las fiestas. Inmediatamente al contarle, me dijo:

- “Me puede hacer usted un favor”-

¡Obviamente cómo no! Más que dispuesta.

-¡En Bolivia ustedes tienen un mentholatum que es fabuloso! ¿Tráigamelo un pomito por favor?... Es buenísimo, cura todo, el resfrió, la “gripa”, la tos, las quemaduras, la artritis, los dolores musculares, los calambres, hinchazones, absolutamente todo… ¡prácticamente es la crema de las mil maravillas!-

Yo con sorpresa le conteste, ¿cuál será pues ese?, no me lo han presentado. Y a mí una hipocondriaca de fábula.

-Viene en un pomito de color verde y tiene en la tapa la “puerta del sol”-

-¡Ah el Mentisán! ¿Eso quiere usted?-

Que novedad, jamás me había puesto a pensar que esa cremita de los tiempos de María Castaña la que me recordaba al colegio primario, ya que todas las mañanas mi mama me embadurnaba con ella para evitar las paspaduras ocasionadas por el gélido frio invernal, era tan conocida!

El Mentholatum americano es el mismo, se encuentra a la vuelta de la esquina en cualquier tienda de las miles que hay aquí llenas de todas las medicinas, vitaminas, píldoras, el “Nirvana”, el “Paraíso” de los latinos que vienen de compras y se van con un “supply” de antioxidantes, pastillas de toda marca, omegas de toda clase, cremas para la calvicie, energizantes, antidepresivos, curitas en exceso, ¡de cualquier tamaño, marca y color! ¡Todos cargan con esta farmacia y pagan por el exceso de equipaje!

El ungüento de “fabula” había sido el “modesto y humilde” Mentisán, que por miles de años está en la vida nuestra al menos de los que vivimos en la zona andina puesto que casi durante todo el año estamos resfriados por el frio que nos hace tronar, especialmente en invierno.

No creo que exista uno de mis compatriotas que se haya librado de usarlo, por supuesto nada que ver con el gusto de las modernas jovencitas de hoy en día quienes vienen a Miami y se llevan, las gotas, aspirinas, las fricciones más sofisticadas para estar a la última! Curan a sus hijos con los remedios americanos, tan atractivos, con figuritas de los últimos personajes del cine infantil, hombres arañas, transformers y todo eso, así están en “onda”. Algo “cool” en estos tiempos, usar algo de “marca” muy importante!

Sin embargo y es un hecho que tarde o temprano siempre y después de haber intentado todo, acuden al remedio de las abuelas, el renombrado “Mentisán” el mismo que cuesta menos de 7 pesos bolivianos, haciendo cuentas unos 50 centavos de dólar, hasta las vendedoras de dulces, de periódicos en todas las esquinas lo venden! Es parte de la tradición, y no lo sabemos. Desgraciadamente “nosotros” siempre somos los últimos en enterarnos de que algo nuestro es una maravilla para otros.

Después de asegurarle a mi amigo que no retornaría de La Paz sin la preciada carga, me puse a pensar..

El Mentisán! Pero como… a quien se le ocurre, ¿cura todo? Ni idea, no me había enterado y de donde se lo conoce en otros países, me llene de curiosidad.

Al llegar a La Paz, después de haberme instalado, lo primero que vi en la mesa de noche de mi dormitorio fue un viejo Mentisán que deje junto a muchas cosas, recordando así, los cajones en el recamara de mi mama, de mi abuela y de mis propias hijas, quienes son “muchachas modernas”…pero tienen siempre “a la vista” el viejo Mentisán.

Cuando comenté de esta anécdota me entere de que yo no había sido la única. Por donde iba, y a quien mencionaba esta historia, escuchaba lo mismo: “Mi primo que vive en Italia, siempre me pide Mentisán”.. A mi hermano, el que vive en Brasil no le puedo dejar de llevar Mentisán, me mata si no se lo llevo eso. Miles de comentarios más…sobre sus preciados prodigios. Y nosotros en la luna de Valencia.

De donde viene esa fascinación que tenemos los latinoamericanos con las medicinas extranjeras si en casa tenemos las mil maravillas.

Desde muy chica conocí a muchos “boticarios” amigos de la familia, eran hombres importantes respetados, queridos, siempre gozaron de la estimación de los ciudadanos, ellos curaban con preparados hechos detrás del mostrador, de acuerdo a la “receta” del doctor.

Sus hijos se hicieron farmacéuticos, siguieron con la tradición y como en nuestros pagos todo gira en torno a los amigos de los abuelos que a su vez fueron amigos de los padres y son ahora los tíos, de alguna forma parientes, esto llega a ser un gran clan de primos, tíos, amistades y conocidos que encontramos donde se va y en cada esquina.

Por donde se lo vea, un amigo siempre llega a ser parte de la familia que salió de una investigación de apellidos, conversaciones que no paran, hasta encontrar como y de qué lado de la familia somos al fin parientes.
Es así que la dueña de la Farmacia, que conoció a mi padre y a mi tío, etc., etc. llega a ser nuestra gran amiga y no los consigue todo. Esa es una de las bellezas de nuestros países.

No hay nada más reconfortante para nosotros que tener una farmacia conocida, nuestro doctor o doctorcita cerca de la casa a unas cuadras, frente a la plaza o al mercado. Son nuestra salvación, atienden durante el día, en la noche, hacen turnos y nos avisan de los últimos adelantos científicos, de las píldoras más modernas y recientemente llegadas de los grandes laboratorios de Suiza y del mundo!

¡Con receta, sin receta, con factura, sin factura! Así es nuestro “modus vivendi” y somos felices, como dirían los miles de compatriotas alrededor del mundo. Dichosos de haber salido de Bolivia pero siempre hablando de ella, extrañando, recordando, llenos de nostalgia.

Que salvación es nuestra farmacia, nuestro doctorcito, al que llamamos desesperados y que llegan con los remedios en la mano, con la inyección apropiada que calma nuestros dolores, al que invitamos un refresco y con el cual conversamos, a la larga o a la corta se convierte en nuestro confidente es nuestro sicólogo, médico de cabecera, escucha, nos atiende y lo más importante no los consigue todo, al menos “esa pastillita” que es bien difícil de adquirir, para los nervios, para el insomnio, la ansiedad o la depresión.

Me vine de La Paz con un gran cargamento de Mentisán, para mi amigo y otros muchos que también me encargaron, antibióticos, ansiolíticos de toda clase, píldoras para la dieta llegaditas del Brasil, al final de cuentas, para los que vivimos en el extranjero, no hay nada más reconfortante el hecho de tener a la mano, nuestra “cajita” de remedios conocidos que son “nuestros” de la marca familiar, prodigiosa, maravillosa, esa recomendada por nuestro amigo de la farmacia, el que nos conoce y en el cual confiamos! Ahora que nos mande a la muerte segura, eso ya es otra cosa.

Demás está decir que cualquiera de estas buena o no muy recomendada y hasta prohibida, así sea la “Crema del Harem” nos acompaña en nuestra nostalgia y alivia por arte de magia los dolores especialmente esos males del corazón...en la distancia.

¡QUE VIVA EL MENTISÁN AHORA Y SIEMPRE!

Isabel Velasco




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