22 de mayo de 2013

MARIA CANDELARIA DE LAS NIEVES, PRESTADORA AL CIENTO POR UNO




El testimonio de muchos historiadores que visitaron el Santuario de Copacabana en los primeros años de la Independencia, atestigua que no era fabula el tesoro de joyas y alhajas encerradas en ese templo, a esto se refieren las crónicas de entonces anotando:

“La custodia era de oro y con su pedestal medias tres cuadras”.

“El Camarín de la Virgen se hallaba sostenido por cuatro gruesas columnas salomónicas de plata maciza.”

“La imagen lucía una corona de oro cubierta de piedras preciosas y alrededor de ella había un circulo también de oro, con doce estrellas, el sol y la luna”.

“Semanalmente se cambiaban las arracadas de brillantes que pendían de las orejas de la imagen. Poseía la Virgen 36 pares de pendientes”.

“Las alhajas del pecho, los anillos y el bordado de los cien mantos representaban valores casi fantásticos”.

“En una mano llevaba la Virgen un cirio de oro, en cuyo extremo había un rubí imitando la llama de luz”.

“El Niño que María llevaba en los brazos no ostentaba menos lujo, La corona, obsequio del pueblo arequipeño, era de oro y piedras preciosa, así como un bastoncito de oro, regalo del Virrey Conde de Lemus”.

“El cinto de la Virgen tenia, entre otras piedras valiosas, un rubí de dos pulgadas de diámetro que era la admiración de los viajeros”.

“La efigie, deslumbrante de pedrería, descansaba sobre un pedestal de plata imitando hojas de lirio. A los pies de la Virgen veíase últimamente la espada y el bastón de uno de los presidentes de Bolivia”.

“Dudamos mucho que en toda la cristiandad haya existido templo en el que, como en el Santuario de Copacabana, la devoción de los fieles hubiera contribuido con donativos de alhajas y metales preciosos evaluados en muchos millones de duros”.

Es muy posible que los lectores hayan leído y sabido los portentosos milagros de nuestra “Mamita de Copacabana”, como así cariñosamente la llamamos y proclamamos a la “Reina Coronada de Bolivia”, a la “Virgen del Lago Sagrado” dicho sea, “María Candelaria de las Nieves”.

En muchos escritos de novenas folletos y libros, principalmente en el que en 1863 publico en Roma Fray Rafael Sans, Misionero, Apostólico y Definidor General de la Orden Seráfica de Asís y que fuera guardián del Convento de San Francisco en La Paz, se relatan con minucia y mucho conocimiento los tan maravillosos milagros de nuestra Señora de Copacabana; sin embargo debió escaparse alguno que otro pasaje maravilloso, cual este que vamos a relatar en un episodio de aventura mercantil de “préstamo a plazo fijo” otorgado por la Virgen a un arrogante mancebo castellano, quien con toda maña le sonsaco dos candeleros de plata maciza y un par de pendientes con piedras preciosas.

El dos de febrero de 1654, día precisamente consagrado a la Virgen de la Candelaria y gran fiesta en Copacabana, presentose entre los romeros que visitaron el Santuario, un joven extranjero de gallarda figura, pero con una cara de tristeza que denotaba ser víctima de un gran sufrimiento moral.

Así era en efecto, Alonso Escoto había viajado al Alto Perú en pos de la fortuna que aquí se mostraba abundante para con la mayor parte de los españoles. Sin embardo de ser el un hombre emprendedor y de honradez acrisolada Alfonso Escoto se veía perseguido por la mala suerte, en donde metía su mano, le iba mal. Siempre estaba con los bolsillos vacíos y a ración de hambre.

Una tarde que la iglesia estaba solitaria, Alfonso Escoto arrodillándose a los pies de la Virgen, desesperado y rezando con todo fervor se dirigió a Ella en estos términos:

María Candelaria…¡Madre Mía!

Tu que todo lo sabes y conoces los secretos de mi alma, sabes que soy honrado a carta cabal, te pido que me prestes lo que por hoy no te hace falta…celebremos una compañía mercantil entre tú y yo. ¡Tú serás la socia capitalista y yo el industrial!

Ampárame señora en mi desventura, no te quiero latrocinar, robarte ni menos despojarte, te pido que me prestes y nada más. Te juro pagarte ciento por uno en el plazo fijo de un año, que lo fiscalizaremos desde hoy día y espero que me protejas en este difícil trance tapando los ojos de tus celadores. ¡Amén!

Y así fue que Alonso de Escoto salió del templo llevándose dos candeleros de playa y un par de pendientes de oro con piedras preciosas.

Sin pérdida de tiempo emprendió Escoto viaje para Arequipa, donde vendió los aretes y los candeleros en un buen precio, lo que le proporciono en efectivo un gran capital contante y sonante.

Dicen que un día viajando por uno de los valles de ese territorio, encontrose con un hacendado vinicultor propietario de grandes campos de viña, quien lo invito a visitar su fundo. Acepto Escoto y recorriendo una de las bodegas dijole el hacendado: “Mire vuestra merced, en este depósito hay una fortuna perdida. El vino de estas quinientas cubas fue la cosecha que tuve en el año que reventó el Huayna Putina. El maldito volcán casi me arruina totalmente, porque el vino se ha “torcido” de tal manera que ni por vinagre logro venderlo”.

Alonso de Escoto probo del líquido de una de las cubas y dijo:

-Pues si nos convenimos en el precio, mío es el vinagre, que ya veré yo la forma de llevar las cubas hacia la costa y venderlo al menudeo.-

Formalizado el contrato, pago Escoto una buena suma a buena cuenta, contrato una recua de mulas, puso sobre ellas un centenar de cubas, dejando las restantes depositadas en las bodegas del vendedor y emprendió su viaje a Lima.

Llegado a la Ciudad de los Reyes, destapo una de las cubas y encontrose con que en vinagre se había convertido en un buen vino generoso de primera calidad, fenómeno que los vinicultores se explican por influencias climatéricas.

La oportunidad fue muy propicio para nuestro comerciante, porque algunos buques que habían salido de Cádiz con cargamento de vinos fueron asaltados por los piratas de Drake y esto había influido en el alza del precio de este artículo de privilegiado consumo.

Escoto hizo con toda diligencia traer las cubas que dejara depositadas y en menos de un año se encontró poseedor de una fortuna muy redonda. Decidió liquidar la sociedad mercantil con la Virgen de Copacabana.

El dos de febrero de 1653, día en el cual se celebraba con mucha pompa la fiesta de la Candelaria, frente al altar de la Virgen se veía un gigantesco candelabro de plata maciza con trescientas setenta y cinco luces, número igual a los días del año de plazo fijo del préstamo otorgado por María Candelaria de las Nieves a su deudor Alonso Escoto, quien cumplidamente pago la deuda contraída, más los intereses del ciento por uno.

Tan buena fue la parte de la Virgen en la sociedad mercantil con Alonso Escoto que este hizo además otros obsequios al Santuario.

¡El candelabro de plata pesaba veintiséis arrobas!

En 1826 el General José Antonio de Sucre urgido por las circunstancias tan especiales a la creación de la Republica Boliviana, dispuso que se fundiese y se convirtiera en moneda sellada casi todo el oro y plata del Santuario. Así desapareció el célebre candelabro de Alonso Escoto.

Por todo ello, María Candelaria de las Nieves, nuestra Madre de Copacabana es militante del ejército boliviano, puso sus joyas para la causa libertadora, compro armas, ayudo a las tropas; contribuyendo así a los triunfos que nos declararon una nación soberana e independiente.

Isabel Velasco.

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