11 de mayo de 2013

A LA VIRGEN NO LE GUSTA VIAJAR



 

Francisco Tito Yupanqui noble inca descendiente de familia real, viajo en julio de 1576 a la Villa Imperial de Potosí, con intención de ingresar como aprendiz en el taller de pintura y escultura del español Diego de Ortiz, muy dedicado y estudioso no tardó mucho en convertirse en un verdadero artista y para el año 1580 salió de sus manos el perfecto modelado de la Virgen de la Candelaria pequeña y morena tal como el artífice la había concebido.

La noticia lleno de gozo a todo el país y muy pronto llego a Copacabana donde acababa de fundarse una parroquia dedicada a Santa Ana, con el propósito de calmar las enconadas luchas que libraban las tribus de los indios Quitos, Cajamarcas, Chachapoyas, Antisuyos ya que por la diversidad de costumbres e idioma andaban continuamente dando problemas a las autoridades y a los misioneros que allí realizaban una labor más que heroica aun sacrificando sus propias vidas.

El año de 1582 fue para la Península uno de los más hostiles que jamás se había presentado, la sequía y las heladas sembraron el hambre y la desolación, los encuentros entre indígenas se hicieron más feroces y el descontento causo una gran inestabilidad social.

Fue en estas circunstancias que Alonso Wiracocha, inca gobernador de Copacabana, anoticiado de que su pariente Tito Yupanqui había modelado en Potosí la imagen de la virgen de la Candelaria, cuya festividad se acercaba solicito a las autoridades eclesiásticas de La Paz que se la trasladase a esa región, para así conjurar el peligro que se cernía sobre su pueblo, invocando para ello la protección divina.

Después de muchos trajines, peticiones, cartas que iban y venían no tuvo más remedio que viajar el mismo hacia Potosí, donde no encontró otra cosa que problemas e impedimentos, no decayó sin embargo el ánimo de los dos incas, los cuales se enfrentaron con la mismísima autoridad diocesana, el Obispo de La Plata, quien pensaba que la Virgen era fea, con rasgos indígenas y para colmo morena. Finalmente después de muchas rogativas y promesas de retocarla y arreglarla, consiguieron trasladar a la Candelaria había la ciudad de La Paz. Para este efecto solicitaron la ayuda de algunos indígenas de Copacabana quienes se encontraban en Potosí con motivo de las Mitas.

Cuando llego a la ciudad del Illimani, después de un viaje lleno de dificultades y contratiempos, la virgencita hallo refugio en el Templo de San Francisco, donde fue retocada y dorada por el mismo Yupanqui. Mientras el artista concluía su obra magnífica llego a La Paz el Alcalde de los Urinsayas, Santiago Churatupa, quien poniéndose de acuerdo con el corregidor Don Jerónimo Marañón decidieron llevarla a Copacabana, así fue como por fin Alonso Viracocha y su hermano Pablo consiguieron la licencia del Obispo de la Plata y contratando diez indios sacaron una mañana la imagen con destino hacia la Península, llegando sin más contratiempos al estrecho de Tiquina, al otro lado los esperaba el Párroco Montero. Al contemplar la hermosura radiante de majestad divina de esa señora el cayo de hinojos con los ojos llenos de lágrimas.

Fue el 2 de Febrero de 1583 que la Virgen María hizo su aparición en las cumbres de Huacuyo donde se habían reunido cincuenta mil indios, los cuales alfombraron todo el camino con la flor de los incas la kantuta.
Entro así triunfalmente la Santísima Reina de los cielos al pueblo de Copacabana, rodeada de una enorme multitud que la estaba esperando, instalándose luego en su trono de gloria y majestad. Fue este el primer y último viaje de la virgen de Copacabana. Nunca, nunca jamás nadie la pudo sacar de allí. Seguramente la marcha de Potosí hacia La Paz fue tan penosa larga y dificultosa que una vez llegada a su santuario decidió no volver a salir más de allí.

 

Tanta devoción atrajo esta imagen que con el transcurso del tiempo convirtiese Copacabana en un lugar de Romería. Tantos milagros se le atribuyeron que no había un hogar ya sea en el altiplano o en la ciudad de La Paz donde no se la tenga, no existía familia que no adorase su santa efigie, que no le encienda una velita o la llene de flores, siempre ha sido así y siempre lo será. Adquirió tal renombre el Santuario que se organizaban grandes “romerías” en honor de la virgen Morena del Lago, no solamente de La Paz sino de Oruro y Cochabamba, también de otros países como Chile, Argentina y especialmente del Perú. El solo pronunciar su nombre instaba a la veneración y al respeto, constituyendo una irreverencia y pecado no ir a visitarla siquiera una vez al año. Así ha sido siempre y así lo será.

Alrededor del santuario y de la santa imagen se fueron tejiendo una cantidad infinita de historias, milagros y leyendas. El quehacer mismo de los pobladores giraba en torno a sus santos designios:
“La Virgen es celosa”, “La Virgen se va a enojar”, “Si la Virgencita quiere”, era y es el decir de los paceños de antes y de los de siempre.

Y es un hecho que tienen que saberlo todos, cuando la Virgen se enoja, ¡Dios nos libre!
Esta devoción a la “Mamita de Copacabana” hizo carne en el pueblo católico y devoto de La Paz especialmente en el campesinado, el cual volcó toda su emoción fervorosa a la Virgen del Lago, “su Virgen”, “su patrona”.

Nunca nadie jamás osó sacar a la Virgen de su trono. Para las procesiones en el pueblo los días de fiesta tiene ella un facsímil, pero por siglos nadie intento siquiera sacarla del templo ni mucho menos traerla a La Paz por uno o grande motivo. Las razones se pierden cubiertas por el polvo del tiempo, se esconden en las nieves eternas de los Andes, se sumergieron en el lago azul custodio de la Reina, dicen las tradiciones, leyendas y costumbres que la Virgen se enoja que no quiere que la toquen y para eso están sus custodios, los indígenas descendientes del gran imperio.

El año 1940 le toco a Bolivia ser sede del Gran Congreso Eucarístico, acontecimiento religioso que se llevaba a cabo en todas las capitales latinoamericanas, para esta gran ocasión los preparativos fueron magníficos.

Todo el pueblo boliviano se movilizo en sus más hondos sentimientos de fe y devoción. Para esta oportunidad vinieron de todo el mundo grandes prelados representantes de la Jerarquía Eclesiástica mundial. Presidio el Gran Congreso Eucarístico el Señor del Perdón, imagen venerada en la capilla de la Tercera Orden Franciscana el Patrono Jurado de La Paz y la virgen de Copacabana. Para esa apoteósica celebración, la Curia y el Supremo Gobierno habían manifestado ante la opinión católica del mundo que la Virgen de Copacabana vendría a presidir el Congreso. Se hicieron los preparativos y se procedió a verificar el traslado de la imagen. Viajo para ello una gran comitiva la que al llegar vio como inexplicablemente se enardeció el lago “saliéndose de madre”, temblaron y ulularon rugientes olas que estremecieron las orillas e inundaron todo el pueblo hasta la plaza principal, vientos huracanados azotaron toda la región cundió el pánico entre los pobladores y todo el campesinado de la provincia Manco Kapac se levantó en una terrible sublevación diciendo:

¡No tocan a la mamita! ¡No la sacan de su sitio secular!

 

En menos de un día se congregaron miles de campesinos, al llamado de los pututus bajaron de las montañas, cruzaron el lago, salieron de sus islas, de sus comarcas, produciéndose así la más espectacular concentración indígena que los atemorizados comisionados en su vida habían visto, pusieron pues pies en polvorosa retornando despavoridos hacia La Paz.

Existe en el santuario en un anexo del convento una casa donde viven las monjitas franciscanas, las cuales se dedican a la atención del culto, arreglo de los altares, cuidado de la ropa de la Virgen y etc. Desde “ilo tempore” la víspera del 5 de Agosto, fiesta de la Virgen, tradicionalmente y en una ceremonia especial bajan la imagen del altar para cambiarle la ropa, ya que es costumbre que para su celebración estrene uno de sus hermosos mantos que son continuamente donados por los devotos.

Cierta vez una de las monjitas encargada del cuidado de la Virgen, diligentemente tomo un pedazo de algodón empapado en alcohol y con todo cuidado limpio el rostro de la imagen, levantando sin querer la pátina del tiempo producida durante siglos por el humo de los cirios. El polvo de los años, que no obstante estar ella cubierta por un fanal crea una opacidad especial. La monjita sin darse cuenta de este fenómeno limpio de la faz de la Virgen esa patina antigua, quitándole su color moreno y aclarándole el rostro.
Al ponerla nuevamente en su altar se armó la grande, se sobresaltaron los campesinos al ver que la Virgen morena había sido cambiada por otra y lo peor que esta nueva era blanca… cosa que no había sido efectiva, muy pronto se anoticiaron los pobladores del algo y desfilaron airadísimos ante el altar, las mujeres de hinojos lloraban, se habían lleva a la Mamita.

Se produjo entonces nuevamente otra gran sublevación y por poco se salvaron los guardianes del convento y las hermanitas franciscanas, ya que los enardecidos campesinos amenazaron con tirarlos uno por uno desde el campanario.

Inmediatamente la noticia llego a La Paz, se movilizaron las autoridades civiles y eclesiásticas hacia el Santuario para convencerlos de su error. En una gran ceremonia ante los Amautas, Caciques y Jilacatas de toda la región bajaron la imagen del altar y la desvistieron, felizmente al sacarle los mantos que ella usa, vieron los indígenas que su virgencita era la misma que había modelado su antecesor el Inca Tito Yupanqui, el busto de la imagen estaba revestido de estuco compacto dorado, su vestimenta era “urku”, color azul marino floreado, el mismo bajaba desde la cabeza como una toca con borlitas pequeñas alrededor, totalmente de bayeta de la tierra a la usanza de las princesas ñustas de la Isla del Sol. Convencidos por fin, los campesinos aplacaron los ánimos y todo volvió a la normalidad.

Los milagros poderosos y la atracción irresistible de la Madre de Copacabana se impone en el poder incontrastable y sugerente de lo sublime despertando en todos los bolivianos y aun en los extranjeros el ansia incontenible de visitar a la Reina Coronada de Bolivia en su deslumbrante santuario.

Ahora en estos días negros en los cuales vivimos, el respeto y la devoción a nuestra Virgencita de Copacabana se ha ido disminuyendo. No porque los devotos no quieran….algo peor, porque no nos dejan verla…aquellos guardianes de otros tiempos, Caciques, Jilakatas y Amautas ya no son los mismos. No es la fe que los mueve, es la avaricia.

Se hacen paros, bloqueos y destruyen los caminos a fin de que los verdaderos fieles no vayan a visitarla.

¡Que Dios nos ampare y que se apiade de Bolivia!

Isabel Velasco

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