19 de enero de 2014

LA ALAMEDA DE LOS RECUERDOS Y TRADICIONES





Hacia el año 1817 el Gobernador español Juan Sánchez Lima, de muy grata memoria entre los paceños, emprendió el trabajo de construcción del hermoso paseo “La Alameda” sobre una explanada de 542 metros de largo y cuarenta de ancho, con cinco avenidas, la del centro la más ancha, destinada al recreo y descanso de los paseantes y las cuatro laterales para el tránsito de coches y jinetes a caballo.

Una tupida fronda de árboles y eucaliptos, álamos y coposos sauces llorones de enormes ramas, kantutas y rosas silvestres, siempre verdes y floridas por el riego de las acequias, engalanaban aquel bello paraje.

Las retamas y arrayanes separaban unas avenidas de otras dando a “La Alameda” un aspecto grato para el esparcimiento y satisfacción de las familias paceñas de antaño, que allí se daban cita para pasear y entretenerse.

Más tarde, en los años republicanos “La Alameda” lucía una hermosa fuente de berenguela artísticamente tallada, rodeada de un magnifico estanque de forma oval llamado por los vecinos “El Laguito”, este estaba rodeado de una reja pintada de verde, allí habían patos, gansos y cisnes, pececillos de colores y un bote que hacia las delicias de los niños. También se adornó “La Alameda” con un pequeño jardín zoológico, el cual estaba compuesto, según recuerdan antiguos paceños por un avestruz una pareja de pavos reales y cuatro monos que divertían a los chiquillos de aquel entonces, pero lo más bonito e inolvidable de aquella Alameda de los recuerdos eran las blanquísimas palomas que volaban en bandadas alrededor de todo el paseo, los altos eucaliptos eran el remanso donde ellas descansaban y vivían, para eso los amantes del Prado habían hecho construir casitas especiales de variados colores, colocadas en lo alto de los añosos árboles y ellas servían de morada a las bellas aves.

El encanto del paseo se complementaba con dos columnas de piedra granito en la avenida central, las cuales ostentaban los bustos de bronce de los héroes bolivianos Eduardo Abaroa y José Ballivian. Unos noventa a cien bancos de hierro forjado, con varillas de madera pintadas de verde, bordeaban sus avenidas.

Al final y cerrando el paso a lo que hoy es la Plaza del Estudiante, se levantaba una enorme y ancha galería cubierta y adornada con plantas artísticamente colocadas en bellos maceteros, en ella se lucían hermosas pinturas murales con paisajes marinos de veleros y barcos, verdes praderas por donde corrían cazadores a caballo y veloces jaurías de perros persiguiendo a un jabalí. Tenía grandes y cómodos asientos, desde los cuales se podía contemplar la perspectiva de todo el paseo.

Coches y jinetes a caballo daban vuelta por aquellas atractivas avenidas, entrando por el gran arco del centro de la galería para después salir hacia Sopocachi, barrio nuevo que comenzaba en ese lugar.

El Paseo del Prado o Alameda como así se llamaba en esos bellos tiempos, era una parecida imitación de la “Rué de Bologne” de Paris. El “rendezvous” de la sociedad paceña, la cual se daba cita todos los domingos y días festivos para lucir sus mejores galas y pasear cadenciosamente al son de las notas de selectas piezas de música interpretadas por bandas en las retretas del mediodía.


La elite acudía allí vestida a la última moda, las señoritas de ese entonces, luciendo enormes sombreros cubiertos de flores y encajes para verano, plumas lloronas y terciopelos para invierno, con sombrillas, repletas de bordados de seda que ellas manejaban coquetamente, bien perfumadas y exhalando finos aromas de colonias “Leonard”, “Maderas de Oriente”, Atkinsons”, “Coty”.

Por otra parte los “pijes” paceños galantes y muy orondos paseaban por la Alameda manejando sus bastones con movimientos estudiados, los jóvenes con sombrero de paja, los caballeros con tongos y los doctores, políticos y personalidades que nunca dejaban de ir, con lustrosos tarros, los cuales mas paraban en el suelo que en la cabeza ya que estos galantes señores de antaño saludaban con exageradas venias, haciendo llegar sus sombreros hasta el piso, siempre atentos para el galanteo con el piropo fino y delicado a flor de piel.

El paseo constituía además un lugar de solaz para los pequeños de aquellas épocas, quienes acompañados de sus mayores correteaban y jugaban de un lado al otro. Los niños vestidos de marineritos, los más chicos con falditas y botitas largas, que decir de los mastuquitos en víspera de “alargar el pantalón”, bien elegantes con sus trajes de “golf” y las medias al estilo escoces con cuadros y rombos de color. Por ultimo las niñas que a la sazón parecían emerger de un nido lleno de encajes, blondas y terciopelo, flores volados y “guipure”.

Las madres, abuelitas y tías solteronas se situaban alrededor del paseo, a modo de “chaperonas” enfrascadas en sostenidas tertulias, pero con el ojo atento y la mirada vigilante puesta en sus pizpiretas hijas, fiscalizando cada movimiento y galanteo de los caballeros.

A partir de 1909 “La alameda” adquirió otra fisonomía, con la llegada del tranvía, algunos ciudadanos de alta aristocracia empezaron a construir a su alrededor modernos “chalets” de estilo versallesco, muchos de los cuales aún perduran conservando su belleza. Allí edificaron hermosas casas las familias Salinas Vega, Monje Campero, Meave Gallardo, Ibáñez Benavente, Benedicto Goitia, Diez de Medina, Martínez Velasco, Anze Aramayo, Sagarnaga, Patiño Bustamante, Dalenz, Hinojosa, Jorge Sáenz, Zalles Cisneros, Suazo Cuenca, Ormachea, Héctor Daniel del Castillo, Manuel Vicente Ballivian, Núñez de Arco, Fermín Prudencio, Adrián Castillo, Velasco Carrasco, Sagarnaga y muchos más.

Con el correr de los años “La Alameda” se convirtió en la Avenida de las embajadas, allí estaban las delegaciones de Bélgica, Chile, Brasil y el Perú.

Para cada 16 de Julio, 6 de Agosto y primavera “La alameda” era el escenario de los “corsos de Flores” al estilo parisiense. La sociedad paceña que marchaba siempre el ritmo de la última moda europea especialmente de Paris y Madrid, adornaba sus mejores calesas, coches y carrozas con flores y otros ornamentos. Así acudían a la Alameda a jugar con ramilletes de flores que se lanzaban de uno a otro coche. La flor principal de aquellos acontecimientos era la violeta, la cual se cultivaba en todos los jardines de la ciudad, especialmente por las niñas quinceañeras de esa época. Fue la flor preferida del galanteo y en toda situación de agasajo. Nunca faltaban “las violeteras” quienes portaban cestos de flores y vendían pequeños ramilletes de estas flores, además de claveles y jazmines del Cabo a los señoritos, los cuales obsequiaban a las damas que por allí pasaban.

En 1925 el año del Centenario de la Republica, el Presidente Bautista Saavedra dio orden para hacer talar todos los arboles de la Alameda fue así que de la noche a la mañana apareció sin un solo eucalipto. La protesta fue unánime, nadie podía creer que por una simple ordenanza municipal, el paseo se quedara sin esos árboles, en efecto, una tropa de trabajadores municipales munidos de sus respectivas hachas, hirió de muerte los troncos añosos y nobles de aquellos enormes eucaliptos, que prestaban seguro albergue contra vientos y nevadas a las queridas palomas, compañeras de los paseantes y bohemios, enamorados y solitarios, las que en las mañanas de sol paseaban su garbo como graciosas mujeres por el jardín de la ciudad, llenándose el buche con las migajas que les arrojaba algún viejo amigo y una que otra colegiala que placía escuchar sus arrullos, quizás porque le recordaban a aquel estudiante enamorado a quien la pasión hizo poeta o plagiario.

Los eucaliptos que fueron nido cayeron, dejando a las palomas revoloteando inútilmente en torno a los arboles amigos. Con ello El Prado perdió uno de sus más gratos encantos.

A partir de esa fecha y con la llegada de los automóviles, fueron desapareciendo las carrozas, los coches, los corsos de flores, las retretas, las violetas y los piropos, así se fueron también los saludos y todas aquellas costumbres tan bonitas de antes, quedan la tradición y los recuerdos inolvidables de “La Alameda” hoy reducida a un callejón ófrico rodeado de edificios sin mayor personalidad ni historia, sus amplias avenidas totalmente tomadas por los mini buseros y taxistas que han transformado nuestra bella ciudad en un campo de batalla abierta donde reina el caos y el desorden.


Isabel Velasco.

1 comentario:

  1. Un relato hermoso. Qué época y qué "glamour", se notaba que primaba el amor a esta avenida cuidándola con esmero y engalanando los paceños con sus mejores atuendos para poner pisada sobre avenida tan simpática. Un desacierto haber talado los árboles cuando Saavedra era Presidente, aun que es sabido que el Eucalipto enraisa demasiado y puede dar lugar a remover el piso, esperemos que esa haya sido la razón. El relato como siempre muy entretenido.

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