31 de diciembre de 2015

AÑOS NUEVOS DEL RECUERDO


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“Te acordás hermano qué tiempos aquellos”…Esta pequeña estrofa de un antiguo tango, guarda un cumulo de añoranzas y recuerdos inolvidables para aquellos que los vivieron. Realmente ¡Qué tiempos aquellos!

Sin remontarnos más allá del año 1925 evoquemos las fiestas de Año Nuevo cuando la Plaza Murillo era el centro principal de la celebración. La víspera del 1º de Enero, a eso de las diez de la noche, era de rigor reunirse en la Plaza Murillo para esperar el Año Nuevo y despedir al viejo que se iba con sus penas y alegrías para no volver nunca más.

De todos los rincones de la ciudad llegaba la gente, por la vereda del Cine Paris y del Circulo Militar empezaba el paseo y al frente, al otro lado se formaba un cordón de jóvenes “futres” quienes conforme llegaban tomaban ubicación en la rueda y comenzaban a girar, saludándose de una fila a otra, buscando con la mirada a la persona que sería la escogida para el primer abrazo.

Minutos antes de las doce, los galanes de la época trataban de acomodarse y disimuladamente perseguían a la destinataria de sus sueños para tenerla a su alcance el momento que se daban las doce campanadas, hora en que todo el mundo se abrazaba. Los caballeros que iban a “girar” con su familia saludaban a sus conocidos y conocidas, sacándose el tongo, lo hacían con mucha ceremonia. Los jóvenes saludaban con sus pajizos, intentando demostrar a los padres de las jóvenes más bellas, sus atributos de buena educación aprendidos en El Carreño.

Al centro de la plaza tomaba ubicación la banda de música de “Los Colorados de Bolivia”, una magnifica banda de cincuenta miembros quienes amenizaban el paseo desde una esquina de la plaza en el Kiosco llamado el de los Stronguistas.

En las graderías tomaban sitio los componentes del pueblo paceño, quienes después de las doce de la noche, bailaban al son de los acordes de la música interpretada por los músicos.

Este espectáculo tan atrayente congregaba también a numerosos espectadores, gente del pueblo y del campo, ellos se ubicaban en las graderías y ventanales vecinos del Palacio Legislativo y de las numerosas casas y negocios.

Se aproximaba la hora y todas las miradas estaban puestas en el reloj del Palacio Legislativo. El momento en que la sirena de “La Razón” poderosamente anunciaba las doce todos se abrazaban conocidos y desconocidos. Los jóvenes aprovechaban para abrazar a las chicas más lindas y a aquellas jovencitas inaccesibles debido al celo de los padres, ellas a su vez, tomaban ventaja para presentarlos a sus familiares. La alegría que se producía ese momento era realzada por los acordes de la banda y la gente reunida en el centro de la plaza que bailaba con entusiasmo.

Otra parte de la ciudadanía esperaba el acontecimiento en los grandes hoteles y restaurantes de la época. El Club de La Paz, quedaba entonces donde ahora se encuentra la Cancillería de la Republica, el famoso “Paris”, el Club Bancario situado en la calle Comercio, el Club Ferroviario y otros restaurantes más pequeños, como el Kutsner, La Perla y el Bavaria, se habían preparado con esmero y anticipación para celebrar la fiesta más grande del año.

El Club de La Paz y el Hotel Paris contaban con los salones más suntuosos de la época, algo que no podemos imaginarnos. El Paris con muebles importados de Francia, lleno de espejos vieneses, amplios salones versallescos ocupaba todo el edificio que hoy es el Cine Paris en la esquina de la Plaza Murillo, su decorado a todo lujo no tenía nada que envidiar a ningún hotel de nuestra América de la época.

Damas y caballeros que concurrían a esos lugares asistían con sus mejores galas, ellos con frac, los jóvenes con smoking las señoras con trajes largos, sombreros y tapado “Macfarlán” a la última moda de Paris, era una noche de elegancia.

A medida que se aproximaban las doce, los caballeros aparentando controlar la hora sacaban a relucir sus hermosos relojes “Longines” los cuales llevaban colgados de una cadena de oro que llevaban en el paletón. Los garzones esperaban el momento con la botella de champagne en la mano. A la hora precisa, el barman gritaba las ¡doce de la noche! Y al estallido de los corchos del espumante champagne comenzaba el festejo.

El ruido se confundía con la sirena de La Razón y el alboroto de la gente que se encontraba en la plaza.

En esos hoteles el despliegue de licores finos era memorable, forzosamente tenía que beberse champagne francés Pommery Greno, Veuve de Clicquot, Cordon Rouge, la botella costaba 12 centavos ¡una libra esterlina! Después venían los vinos que las señoras acompañaban con “Soda Water”, no faltaban los modernos de la “High Life” que brindaban con disimulados sorbos de ajenjo. Luego del brindis se rompía el baile al son de un “pasodoble”, la pista de baile se llenaba de parejas que hacían retumbar el piso con el taconeo de sus zapatos importados, cubiertos con elegantes gets.

En el “Paris” tocaba una orquesta de mujeres “Las Damas Vienesas”, en el Club de La Paz amenizaba la Típica Y Jazz de Don Francisco J. Molina, la orquesta de moda en esas épocas de esplendor. Los galanes y pijes de entonces hacían despliegue de sus habilidades tangueras al son de tangos como: El Carrillón de la Merced”, “Madreselvas”, “Mi Lindo Julián” y otros de moda que sabían bailar con maestría.

Al amanecer los jóvenes se reunían en la Plaza Alonso de Mendoza, San Francisco y la Evaristo Valle a tomar ponches y el delicioso “api con llauchas” las más famosas eran las de “La Choka” en la calle Bueno, ellas surtían a los vendedores quienes salían con sus bandejas de madera con carbones encendidos ofreciendo llauchas calientitas por toda la ciudad.

En la calle Evaristo Valle el restaurante más conocido era el de “La Valentina” estaba también el del “Chino” donde servían deliciosas picanas por solo cinco reales.

Así epilogaba la noche de Año Nuevo siempre en el barrio de Churubamba, donde no faltaban las peleas de los grupos de pijes famosos de esas épocas.

Al día siguiente se reunían las familias para festejar el Año Nuevo en sus casas bailando al son de radiolas y victrolas ortofonicas con los discos de la RCA Víctor y Columbians, cada tres discos había que cambiar de aguja. Carlitos Gardel y la orquesta de Francisco Canaro eran los infaltables; tambien se organizaban fiestas con pequeñas estudiantinas y se bailaba al compás de las concertinas y guitarras de los que sabían tocar.

Te acordás abuelo, te acordas abuela…esas eran fiestas ¡Qué tiempos aquellos!

Isabel Velasco

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